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Xaverianos

Los "fragmentos" de familias...

pag 8Autor: P. Umberto M. Marsich /

En 2012 la Iglesia celebró un congreso mundial de la familia, en la ciudad de Milán y la participación de las familias de todo el mundo ha sido extraordinaria. En ese congreso se ha ratificado su función formativa insustituible, a pesar de las ideologías en boga que quieren ‘deconstruirla’. Sin familia, por cierto, todo se volvería más complicado y difícil. Además, es la familia el espacio más favorable para un crecimiento armónico de toda persona y para el cultivo y desarrollo de los valores de la existencia humana: Dios, fe, esperanza, solidaridad, civilidad y amor. De la calidad de la familia depende la calidad de la sociedad.

 La ‘disfuncionalidad familiar’ es el primer causante del resquebrajamiento social. Sin una sana familia, detrás de cada persona, no habrá inyección alguna de valores y, mucho menos, ejemplos de vida a imitar. Es incuestionable la correlación existente entre la inestabilidad familiar y los problemas sociales de la criminalidad organizada, inseguridad generalizada, drogadicción, alcoholismo y delincuencia común. Con razón, así se expresaba recientemente el Primer Ministro del Reino Unido: “Si queremos tener alguna esperanza de enmendar nuestra sociedad resquebrajada, la familia y la crianza de los hijos es por dónde debemos empezar” (David Cameron).

Hasta hace unos años, nadie ponía en tela de juicio la bondad y necesidad de la familia. Hoy en día, por lo contrario, la familia parece enfrentar embates culturales, que la cuestionan, y desafíos que la ponen a prueba. El modelo tradicional de una familia compuesta por un padre, madre e hijos es, hoy, complementado por otras composiciones familiares. La fragilidad psicológica y la superficialidad con la que las parejas se unen en matrimonio, se separan para siempre y se vuelven a casar, siguen generando un sinnúmero de ‘familias heridas’ y de situaciones nuevas que, inevitablemente, nos desafían pastoralmente. En nuestras comunidades cristianas aumentan siempre más familias de separados y divorciados vueltos, y no, a casarse, de madres solteras, de padres solos con hijos, de uniones libres de hecho, etc. Debemos convencernos, a pesar de todo y más allá de cualquier prejuicio, que todas las familias son preciosas: pedazos de familia que urgen sentir la cercanía de Dios y el acompañamiento de las comunidades de fe a las que pertenecen. Todas son como ‘fragmentos’ de pan eucarístico que piden respeto, comprensión y acogida evangélica. El ‘corazón compasivo’ de la Iglesia encuentra, en todo tipo de familia, un territorio inmenso donde desplegar su amor sin discriminaciones. También las familias que, jurídicamente, definimos ‘irregulares’ necesitan atención pastoral. Irregulares, en efecto, son las situaciones, no las personas, con toda su dignidad, deberes y derechos.

Las separaciones conyugales son una realidad cultural, social y pastoral que no podemos ya ignorar. Se trata de dramas que afectan todas las dimensiones de la persona, desde el aspecto psicológico, espiritual, legal y parental, hasta al económico. Sin embargo, en el trato pastoral habrá que anunciar sea la ‘misericordia’ de Dios que la ‘verdad’ del matrimonio sacramental: dos caras, de la misma moneda, inseparables e imprescindibles. Un corazón compasivo, por un lado, que no respetara la verdad, sería demasiado pobre y no reflejaría la plenitud y la belleza del Amor sacramental cristiano, y, por otro lado, la verdad sin misericordia se cristalizaría en una doctrina rígida y aplastante. Ser fieles a las leyes no significa, para la Iglesia, renunciar a ser Maestra y Madre premurosa y misericordiosa. Las situaciones diversas exigen caminos pastorales diversos. Lo cierto es que ningún ‘fragmento’ de familia debe ignorarse porque para todas hay un camino de santidad posible. Una atención particular habrá que poner en acto hacia los hijos involucrados en la disgregación de las familias, para aliviar, así, con delicadeza, la magnitud de los sufrimientos evidentes o latentes, que las separaciones de los padres producen y que los hijos tienen que soportar. En fin, la Iglesia, en razón de su ‘corazón compasivo’ (D. Aparecida 437), debe atender a todos con esos pequeños gestos que les permitan sentirse como en familia, cuando se acercan a su propia comunidad eclesial en busca de comprensión, de amor y de Dios. La Iglesia debe ser ‘casa’ y familia para todos y, especialmente, para los que están fatigados y cansados.