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P. Rafael Piras sx

El lugar donde Dios obra profundamente»

Pasó el verano, se acercan los días del nuevo año escolar. Llegó a su fin una etapa; nos hace sentir la proximidad de un hito, listo para revelarse cada vez más como un momento de transición. Secundaria, preparatoria, universidad. Cambiamos porque crecemos. En medio de esta maraña de acontecimientos y sentimientos, puede entrar mucha inquietud y confusión en el interior del joven. Inquietud que tiene como fondo el miedo a perder: amistades que se han cultivado a lo largo de los años; el colegio, la parroquia, la vida cotidiana. ¿Dejar para qué? ¿Cambiar para otros inciertos horizontes? ¿Nuevo colegio, nuevas amistades, la universidad, cuál?

Temor, miedo. Pregunta: ¿qué vínculos auténticos merecen ser conservados y cultivados?

Estos son los interrogantes que jóvenes han puesto a la reflexión del papa León. Jóvenes de hoy, no de otros tiempos. Nuestros tiempos que se caracterizan por el movimiento continuo. Puede parecer que no hay tiempo para momentos de síntesis; momentos dedicados a la reflexión. El tiempo parece escurrirnos entre manos.

Papa León se encuentra con jóvenes que viven y cuestionan estas problemáticas. Va directo a una certeza en medio de un mundo cambiante. “Jesús te ama, no de forma abstracta, sino personalmente; tal como eres hoy, con tus preguntas y tus sueños, tus miedos y tus deseos. Este amor te precede, te acompaña siempre; no depende de las decisiones que tomes ni de los caminos que elijas”.

Luego está la amistad, una experiencia que Jesús también conoce bien, vivida con vínculos verdaderos y auténticos hasta el punto de experimentar la lucha de la separación y la traición; un tema también muy querido por el Papa. «El verdadero amor», advierte Prevost, «madura incluso cuando cambia de forma». Son los anhelos del corazón —aquellos que perduran en el tiempo— los que guían las decisiones del bien, la entrega de uno mismo y la vida compartida. 

De ahí surge el discernimiento, que se nutre de una buena vida sacramental, la escucha de la Palabra de Dios y el diálogo con personas sabias. Sin apresurarse a comprenderlo todo de golpe. Aquí, pues, están los ingredientes que vencen al miedo. A lo que se suma la tranquilidad: «No todo lo que termina es una derrota: a veces es simplemente un paso necesario hacia el crecimiento». Junto con el aliento: «Su sueño de una familia fundada en el amor de Cristo es también un precioso don para la Iglesia; cuídenlo  con confianza. El Señor no defrauda los deseos que Él mismo ha encendido en nuestros corazones». Luego, con sus palabras claras, disipa cualquier  temor: «La inquietud de la que hablan no es una señal negativa. A menudo es el lugar donde Dios obra profundamente. Es como la tierra que el agricultor ha arado y está lista para recibir una nueva semilla».

Y en encomendar al joven que se enfrenta a los cambios de la vida a María, «quien, siendo joven, aprendió a confiar a pesar de haber albergado en su corazón preguntas que la superaban».