Vivimos en una época de grandes y maravillosos avances de todo tipo, especialmente en el campo de la tecnología y de la comunicación. Los avances en estos campos han acortado distancias y facilitado el acercamiento con personas de todas las latitudes de nuestro planeta. Y en el campo de la educación vemos cómo las nuevas tecnologías han ido cambiando a su paso la manera de enseñar y aprender y cómo el conocimiento humano acerca del mundo que nos rodea se acrecienta cada vez más en menos tiempo. Desde la palma de la mano podemos acceder a un mar de información sobre los más variados temas. Todo esto, que sin lugar a dudas ha tenido grandes beneficios, también, no pocas veces, nos ha planteado grandes interrogantes acerca de cómo emplearlos adecuadamente en beneficio de un verdadero desarrollo del ser humano.
San Guido María Conforti, como pastor y fundador, a través del ejercicio de su ministerio, mostró también ser un gran educador. A lo largo de sus escritos, pero, sobre todo, a través de sus acciones, nos revela la gran importancia que tenía para él la educación de las personas. Hoy escuchamos decir que la educación en las escuelas y universidades, por ejemplo, enfatizan solo algunos aspectos de la vida humana, como el aspecto técnico, por ejemplo, y que los aspectos más propios del ser humanos como la libertad, la responsabilidad, el sentido de justicia y el sentido de lo trascendente, son dejados prácticamente al margen. Esto ha producido individuos muy hábiles y expertos en los aspectos técnicos de las diferentes áreas del trabajo humano, pero con lagunas en cuanto a las habilidades que nos hacen más humanos como la capacidad de relacionarnos y convivir con los demás.
Para San Guido, “educar quiere decir instruir y entrenar al hombre a vivir bien, de modo que llegue a ser lo que Dios se ha propuesto cuando lo creó”. Esto quiere decir que no es suficiente solo conocer el mundo, el ser humano, los valores o la fe, sino que es necesario conducirse y vivir en sintonía con eso que se conoce. De ahí entonces que la educación de la persona es como ese ejercicio cotidiano que lo conduce a apropiarse los principios y valores que le darán una dirección en la vida. En este entrenamiento es necesario cubrir dos aspectos a saber, la mente y el corazón. En efecto, San Guido afirma que educar es “iluminar la mente con la verdad, formar el corazón con la virtud. Y la primera verdad que es preciso enseñar al niño es Dios”. Para el santo obispo y fundador, la fe constituye el cimiento y el horizonte de toda educación, tanto de aquella que se recibe en familia desde las primeras etapas de la existencia, como aquella que se recibe posteriormente tanto en las escuelas como en la Iglesia. Una educación auténtica no puede dejar fuera este horizonte de sentido como tampoco la mente y el corazón de quienes se educa. De ahí que estos elementos vayan siempre unidos.



