Los valores intrafamiliares se aprenden en la experiencia de las diversas relaciones dentro de una familia: con el padre y la madre, con los hermanos y las hermanas y también con los abuelos, tíos, primos, estén ellos sanos o enfermos, sean buenos o corajudos. Ahí se forja la persona.
Sin hacer un análisis de los valores adquiridos a diferentes edades, particularmente en los años de la infancia, podemos recordar: que aprendemos a vivir, a comer y beber, vestir, a estar sentados, a caminar, a acostarnos y levantarnos, a conocer a las personas, los animales, las cosas con asombro y estupor, a amar y ser amados, con ternura, cariño, respeto, sensibilidad, a hablar y comunicar corporalmente (besos, caricias, abrazos); a creer y comunicar con lo invisible, y también a temerlo; más bien a confiar, a amar, a sentirse amado por Dios, Jesús, María, el ángel de la guarda u otras figuras religiosas; a entender, a reír y llorar, a tener confianza, paciencia, gusto y disgusto, libertad y responsabilidad; a convivir, a obedecer, a trabajar y a compartir. En una familia numerosa hay más oportunidades y más dificultades.
No hay que olvidar los antivalores que nos toca experimentar desde la infancia: el abandono, la soledad, el sufrimiento, la incomprensión, la mentira, la violencia y todas las luchas de poder. En nuestro tiempo se han recortado los momentos de presencia y contacto entre los miembros de la familia, sea por el trabajo de los padres, la educación temprana en instituciones, y los medios de comunicación que sustituyen las relaciones interpersonales y a la experiencia directa de la naturaleza.
Esta enmarañada lista de valores nos puede servir para hacer memoria de nuestra experiencia pasiva (como destinatarios), y de nuestra experiencia activa (como agentes). Aquí la intención es rastrear unos valores asimilados por Jesús, precisamente durante su vida familiar en Nazaret. Pero, ¿cómo hacerlo? Partiendo de las actitudes de Jesús en la memoria de los Evangelios y tomando en cuenta sus relaciones, emociones, palabras, su sensibilidad, capacidad de discernimiento, su madurez humana, ética y religiosa.
Jesús manifiesta una gran sensibilidad con todo tipo de persona y necesidad: “abraza a los niños y los bendice poniendo las manos sobre ellos” (Mc 10,16). Sirve a sus discípulos, lavándoles los pies (Jn 13,5) y da de comer a una muchedumbre con hambre: “los que habían comido eran un cinco mil, sin contar las esposas y los niños” (Mt 14,21; 15,38). Siempre manifiesta una gran capacidad de convivir con todos: con grupos pequeños a grandes, con invitados a una fiesta: “fue invitado también a la boda, Jesús con sus discípulos” (Jn 2,2). Favorece un contacto directo, corporal, con los enfermos: los toca, como al leproso (Mc 1,41) y a la suegra de Pedro (Mt 8, 15) y se deja tocar, incluso por mujeres: por una mujer enferma (Mc 5,31); por una pecadora en el banquete de un fariseo (Lc 7,39); después de la resurrección (Mt 28,9), en particular por Mariám Magdalena (Jn 20, 17). En todos sus hechos y enseñanzas, Jesús manifiesta un amor pleno con las personas, así como con Dios Padre (Jn 17,26), por eso a sus discípulos les pide un amor mutuo maduro como el suyo (Jn 13,34).
Quiero recordar un detalle significativo que permite reconstruir una experiencia de su infancia en Nazaret. Jesús desaprueba a su generación, que es crítica de la actitud austera del Bautista y también de la práctica relajada de Jesús, comparándola a “los niños que sentados en las plazas y gritando unos a otros, dicen: “Les tocamos la flauta y no danzaron, cantamos canciones tristes y no se lamentaron (Mt 11,17) y no lloraron” (Lc 7,32). Se evidencia aquí un juego común de niños (en griego PAIDÍA) inferiores a los seis años, probablemente practicado por Jesús con los suyos, claramente mimético, imitando costumbres de adultos en las fiestas –tocar algún instrumento y danzar dando brincos (griego: ORKHÉOMAI), a diferencia de danzar en círculo (griego KHORÉO)- y en los momentos de luto –cantar y responder con signos de arrepentimiento y dolor-. En este juego se expresa la inteligencia, sensibilidad, creatividad y convivencia de los niños, ya que se exige un manejo del cuerpo, música, canto y emociones: alternar alegría y tristeza exige atención, flexibilidad y disponibilidad, por eso es que no era fácil.


