El pequeño Guido era de carácter vivo y en la vida sana y libre del campo, aprendió el amor y respeto por la naturaleza. Le gustaba dar vueltas a la orilla de los canales, se sentaba bajo los árboles para oír el canto de los jilgueros y buscaba nidos para su jaulita. Una vez se cayó y se golpeó la cabeza permaneciendo desmayado por algún tiempo.
Guido no nació santo y sabía proyectar y hacer sus buenas travesuras, como cuando le abrió el costal lleno de ranas a un pescador que había entrado a la cocina para tratar el precio con la señora Antonia. Las ranas salieron del costal y empezó la batalla con las gallinas del patio que intentaban picotearlas. Una escena para morirse de risa. Pero la farsa se volvió tragedia para el pequeño cuando salió el pescador, que soltó una maldición. Le remordió la conciencia a Guido, que un día confesara este “pecadillo” en la vida. Es más bien, un fondo de arrebato que hay en todo niño.
En los terrenos palúdicos de Casalora abundaban las ranas, y a Guido le gustaba oír el croar de las ranas. Obispo de Parma se hizo traer de Casalora unas ranas para la pecera del palacio episcopal. ¿Saben ustedes, queridos jóvenes –les decía a sus aspirantes misioneros-, porqué pedí que me trajeran unas ranas de Casalora? Porque me gusta su canto por las noches y me recuerda la vida de mi infancia en la familia”.
De chico parece que cuanto más amaba las ranas y los pájaros otro tanto lo fastidiaban los pollos que entraban en el comedor y ensuciaban el piso. Un día que se encontró con uno de estos polluelos que vagabundeaba despistadamente por donde no tenía que andar, lo agarró tan fuerte que lo aventó contra el suelo. “Lo hice antes que llegara mi mamá a reprocharme, -narra más tarde el obispo- me di cuenta del mal que había hecho. Varias veces me acusé de este otro pecadillo”, confesó.
Vida de familia, vida de faltas y confesiones, vida de berrinches y de virtudes, vida de llantos y de risas. “Les toca a ustedes, padres de familia –escribiría el obispo en una carta pastoral sobre matrimonio y familia-. “Les ruego, por amor de Dios, que cumplan para con sus hijos que han engendrado a la vida terrena, que tienen que educarlos a la celestial, todos los deberes de la paternidad. Recuerden que los destinos de la religión y de la patria descansan en sus manos, porque la sociedad será tal cual ustedes la quieran, siendo la familia la fuente y el compendio de ella. Sean ustedes solícitos de su instrucción, y sobre todo, de su educación, exhortándolos a la práctica de las virtudes, más con el ejemplo que con las palabras, porque las palabras mueven pero los ejemplos arrastran”.
Como hemos dicho, nadie nace santo, y “es muy difícil –decía Conforti- que uno herede de la naturaleza un carácter perfecto. Sin embargo, es posible mejorarlo, con la ayuda y el ejemplo de los padres, la obediencia, la buena voluntad, el amor de los hijos a los papás y la ayuda de Dios”.
“Y el fruto, queridos jóvenes –dirá el gran educador Conforti- será un buen carácter que atrae a los demás, ejerce sobre ellos una influencia agradable, y es un secreto para el éxito en la vida”.


