Estimados lectores, al iniciar las reflexiones de este año, queremos permanecer unidos a toda la Iglesia. El papa Francisco dice en la bula «Spes non confundit», «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5) e inaugurado con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro el pasado 24 de diciembre del 2024. Dicho año jubilar ordinario de la redención “se clausuraro con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica papal de San Pedro en el Vaticano el 6 de enero de 2026, Epifanía del Señor”.[1] Para nosotros mexicanos tuvimos un lugar particular pues la Basílica de Guadalupe fue propuesta por el papa como uno de los santuarios a visitar, pues ellos deben de ser “lugares santos de acogida y espacios privilegiados para generar esperanza”. De hecho, el fruto de este año jubilar fue exactamente la esperanza; el papa nos invitava a ser “peregrinos de esperanza”, caminar sembrando esperanza, siendo capaces de “ser signos tangibles de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria”[2].
Aun que el año jubilar ya paso, queremos proponerles vivir este año también de la mano de San Guido María Conforti y aprender de él una manera misionera y eclesial de vivirlo. De hecho, nuestro santo fundador tuvo la oportunidad de vivir en tres ocasiones un año santo de la iglesia: en 1900; en 1913 y en 1925. En sus escritos y en su enseñanza encontraremos algunos elementos a tomar en cuenta para vivir “un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús, «puerta» de salvación (cf. Jn 10,7.9); con Él, a quien la Iglesia tiene la misión de anunciar siempre, en todas partes y a todos como «nuestra esperanza» (1 Tm 1,1)”.[3]
Para San Guido Conforti, un año jubilar es “un tiempo de perdón pleno, en el que la Sangre del cordero divino eleva más alto su grito de amoroso en favor de los hombres; un tiempo en el que las fuentes de la gracia corren con más abundancia, los caminos del cielo se vuelven más fáciles, los brazos del Padre Celeste se extienden hacia los hijos perversos con mayor ternura y la Divina Justicia en cierto modo se aparta para dar lugar a la bondad que bendice y perdona…
Un tiempo de redención y salvación en el que el Señor viene a nosotros no con la espada encendida del Querubín que expulsó a nuestros padres del paraíso terrenal, sino con la voz de padre amoroso que nos llama a acercarnos a él para readmitirnos en su amistad y hacernos gustar los frutos suaves de su bondad divina…
El Señor nos ofrece la paz, paz honrada, noble y divina, nos asegura la gloria eterna, nos ofrece el perdón, nos dispensa la abundancia de sus gracias”.[4]
Con estas elocuentes palabras de San Conforti nos animamos a vivir, reflexionando sobre la gracia de la Esperanza y buscando ser para nuestra sociedad y nuestro mundo signo de esperanza de la redención de nuestro Señor Jesucristo.



