Cuando inicié el camino de seguimiento de Jesús, un sacerdote anciano me preguntó: “Rafael, ¿para que te ha llamado Dios?”, yo inmediatamente y muy convencido respondí: “¡Para ser feliz!”. El padre me miró y sonrió diciéndome: “No, en ningún momento Jesús dice a sus seguidores que serán felices, sino que serán perseguidos, maltratados, humillados y asesinados”. En ese momento no conocía bien la Sagrada Escritura, pero seguí firme en mi respuesta: “es que la felicidad no es sólo reír y gozar, sino mantener la paz aún en momentos difíciles”. El padre me miró de nuevo, pero no dijo nada más, sólo me sonrió con una mirada reflexiva. Tal vez recordó momentos duros que a lo lardo de su vida fue experimentando, pero que, aunque fueron dolorosos, lo forjaron y humanizaron para ser el gran sacerdote que ahora es.
Además de los profetas, en la Biblia encontramos otros personajes memorables que nos muestran una fe ejemplar e inquebrantable. Recordemos a Eleazar y a siete hermanos con su madre que, en el libro de Macabeos fueron martirizados por no ceder a las infamias del rey Antíoco, dando ejemplo de heroísmo, de virtud y, sobre todo, testimonio de su fe (2Mac 6-7).
¿Qué es lo que sostuvo a estas personas para soportar el martirio? La respuesta no tiene que ver con el qué sino con el Quién: Aquel que promete la vida eterna a quienes mueren por su causa (Mt 16, 23-26), Aquel que puede restituir y hacer nuevas todas las cosas (Ap 21, 5), Aquel que no abandona a los que lo aman, aunque haya quienes conspiren contra el justo (1Cr 24, 21; Mc 14, 1-2).
San Esteban, el primer mártir del Nuevo Testamento, contempló en esta vida el cielo y al Hijo de Dios en la gloria de Dios Padre (Hech 7, 55-56) poniendo su esperanza en Jesucristo e intercediendo por quienes lo iban a asesinar (Hech 7, 59-60). En sus últimas palabras Esteban imita a su Maestro quien, en el momento de la muerte, pone su confianza en Dios Padre diciendo: “en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 26, 46).
A sus seguidores Jesús les advirtió que serían odiados, perseguidos, torturados y asesinados a causa de su nombre (Mt 24, 9). Pero también les dio valor diciendo: “no teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma en el infierno” (Mt 10, 28).
Pues los pensamientos de Dios no son los de los hombres, para salvar la vida hay que perderla, pero quien pierde la vida por Cristo y la Buena Nueva la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mc 8, 33-38). Estas son las palabras que alimentaron el ardiente corazón misionero de San Francisco Xavier, seguramente convencido de que Dios estaría siempre a su lado, así como lo prometió: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).



