Humayun Allahrakha, quien fuera acusado por blasfemia en Sanda ciudad de la provincia de Lahore, Pakistan en mayo de 2015 por haber quemado un periódico accidentalmente, el cual, contenía algunas frases del Corán, libro sagrado de los musulmanes, fue liberado el pasado 3 de abril. Ahora con 32 años de edad, después un largo y costoso proceso en el que se involucraron licenciados e instituciones internacionales para salvarle la vida al inocente perseguido, como muchos otros cristianos en ciertos territorios dominados por radicales.
Cuando esto aconteció, cientos de personas huyeron para salvar sus vidas ya que una multitud desató y atacó hogares y sitios de culto cristianos, incluida la iglesia católica local de San José.
No conformes con privarlo de la libertad, el aparente triunfo sobre la injusticia, supone ahora una etapa más difícil puesto que regresar a la cotidianidad no será posible porque su vida corre más riesgo, puesto que cualquier ciudadano podría asesinarlo al saber que ha estado en la cárcel por las expuestas razones, Aún que se ha mostrado su inocencia, tendría que ser custodiado, cosa casi imposible pues la mayoria son musulmanes.
Quien principalmente se involucró en la defensa de Humayun fue el Padre Yousaf el cual buscó todos los medios para que fuera liberado lo más pronto, declarando que se trataba de un hombre adicto que en un lugar sucio tomó un periódico para hacer un cigarro y que era iletrado, incapaz de poder leer y entender lo que el periódico contenía.
Situaciones como estas son muy comunes, especialmente donde predomina una religión, cultura o políticas de gobierno que favorecen el radicalismo y el imperialismo. Desgraciadamente, en muchos lugares donde se han erradicado estas formas de vida social, pareciera que se les extraña y en América Latina se vuelven más comúnes. En muchos de nuestros países, sin considerar el precio que estaremos pagando, nos dejamos llevar por engaño y falsas promesas, las cuales aspiran a responder a un hartazgo de situaciones de corrupción, violencia, etc. Sin embargo, nada se puede comparar con la privación de nuestras libertades más básicas tanto religiosas, físicas, sociales que nos permitan crecer con libertad.
Pidamos en nuestra oración, con una conciencia universal, misionera por todas las situaciones que sufren muchos de nuestros hermanos cristianos en el mundo. A veces en secreto pero con valentía, enfrentan el testimonio al que fueron invitados al seguir a Cristo tomando la cruz de sus vidas hasta las últimas consecuencias, siendo que muchas veces nosotros no alcanzamos a vencer simples retos que nos separan de nuestra relación con Dios, como es la pereza en la oración, ir a misa, salir de nuestro confort comprometiéndonos con algún apostolado en nuestra parroquia, soportar nuestras enfermedades, achaques o las piedritas que se nos atraviesan en nuestras relaciones familiares, vecinales, laborales, etc.
Santa Teresa de Calcuta decía que no se trata de hacer grandes cosas, sino de hacer aún lo más simple con grande amor.

