Autor: P. Álvaro Aguado R. /
El historiador P. Wadding es el primero en darnos noticias biográficas del célebre franciscano de Montecorvino, arzobispo de Khambalik (Pekín) en los primeros años del s. XIV, y fundador de la Misión China de aquella época. Nació en 1247 en Montecorvino, en la provincia italiana de Salerno. Desde sus primeros años de fraile se dedicó a la obra de las Misiones en el próximo Oriente. Hacia 1289 le encontramos como Legado del Rey de Armenia, Hethum II, ante la Corte pontificia, y ya antes había realizado algún otro viaje a Persia.
Por entonces comenzaron a llegar al Vaticano noticias del lejano y legendario país de China, por medio de los célebres mercaderes venecianos Polo, Nicolás y Mateo. Al emperador Kubilai le entró la curiosidad, por las narraciones de los mercaderes, y los remitió para que suplicaran al Romano Pontífice, enviara cien sabios occidentales, de quienes aprendiera la religión cristiana. Marco Polo nos relata datos curiosos sobre el reinado de Kubilai: “en su corte hallaban entrada sacerdotes de todas las religiones; entre los grandes profetas tienen su puesto Jesús, Moisés, Mahoma, Buda...; abundan los nestorianos y los alanos entre los militares”.
El Papa Nicolás IV determinó enviar a Montecorvino en 1289 como legado suyo, con la intención de que se quedara en China con el fin de fundar allí la Iglesia. Desde el golfo Pérsico, siguió la ruta del mar y su único acompañante era el dominico Nicolás de Pistoya. Se detuvo 13 meses en Santo Tomé, donde pudo bautizar unas 100 personas de diversos lugares y allí murió su compañero. Luego siguió, ya solo, hacia China hasta llegar a Khambalik, Corte del Gran Khan.
Llegó a Khambalik (Pekín) en 1294 acompañado de un comerciante genovés, Pedro de Lucalongo, que se le había agregado en la India. Había muerto ya Kubilai, pero entregó a su sucesor Timur, las cartas de Nicolás IV. Comenzó su apostolado entre los nestorianos en el Tenduk del Norte, que desde el s. VII estaban ya en algunas regiones de la actual China. Logró mover al rey de Tenduk, Jorge, quien murió en 1298 y la oposición de los nestorianos obligó a Juan a buscar Khanbalik, «la ciudad del Khan» (la futura Pekín) para comenzar allí su trabajo misional. Estando solo, se piensa la vida de sacrificio y heroísmo de Juan de Montecorvino que, para asegurar su apostolado, dentro de su soledad, comenzó instituyendo un Colegio de Niños, a los que enseñó a cantar la Salmodia en latín.
Durante más de diez años permaneció totalmente incomunicado con sus hermanos de Europa. Estos parece que ya le creían muerto. Con el correr de los años, sentía que se le iban aminorando las fuerzas. Tenía en 58 años, pero se encontraba ya muy agotado, había bautizado unas 6.000 personas y tradujo al idioma nativo el N. T. y los Salmos. Se decidió a escribir a sus hermanos de Europa.
Llegó a Khambalik otro franciscano, Arnoldo de Alemania con un médico lombardo. Las cartas del misionero Juan levantaron gran celo misional, y el Papa Clemente V pidió al General de la Orden que escogiera 7 franciscanos, a los que quería enviar como obispos a China. Ellos a su vez consagrarían arzobispo de Khambalik a Montecorvino. En 1307 fueron consagrados y a China marcharon, luego serían por él distribuidos en las sedes, acompañados de otros franciscanos. En el camino murieron tres, los otros llegaron a Pekín y consagraron a Juan como arzobispo, comenzando así la Iglesia jerárquica en China, con sede metropolitana en Pekín. Su arzobispado comprendía todo el vasto Imperio mongólico, desde China hasta Rusia.
Montecorvino siguió en Khambalik, donde murió en 1328, a la edad de 81 años, dejando una querida memoria de sí. Había trabajado en Pekín durante 34 años. A su muerte, la cristiandad católica de China contaba con unos 30.000 fieles. La misión china desaparecería poco después, por la dificultad de enviar nuevos misioneros. El primer concilio plenario chino de Shanghai de 1924 pidió la beatificación de Juan de Montecorvino.


