Skip to main content
Rafael Aguilar Flores sx

Joven, Dios cree en ti

¿Puede Dios creer en alguien? ¿No se supone que somos nosotros los que debemos creer en Él? Esas y otras preguntas me surgieron cuando comencé mi caminar misionero. Hoy que soy adulto puedo y debo decirte que sí, Dios cree en mí y cree también en ti. Fíjate bien en estos ejemplos: 

Primero recordemos a José, hijo de Jacob, quien después de ser vendido por sus hermanos cuando sólo tenía 17 años, llegó a administrar la casa de Putifar, uno de los hombres más poderosos en Egipto. Cuando fue seducido por la mujer de su patrón, se comportó de una forma honesta, poniéndose en las manos del Señor, quien le acompañó para amar y perdonar a los que le hicieron daño (Gn 37-50). Dios creyó en el corazón de José y José confió su vida al Señor en todo momento.

Dios creyó en el joven David que valientemente enfrentó a Goliat (1 Sam 17). El Señor vio su corazón y su humildad para guiar a su Pueblo como rey (1 Sam 16). Aunque cometió errores, fue capaz de arrepentirse para nunca más separarse de Dios (2 Sam 11-12).

Salomón, a su corta edad, tuvo la gran responsabilidad de gobernar a un pueblo numeroso. En su oración Dios le responde que puede pedir lo que sea, él pidió sabiduría para escuchar a su gente y poder discernir entre el bien y el mal (1 Re 3, 5-15). Dios ya había creído en él, pues su elección como rey de Israel no fue nada fácil. Dios creyó en Salomón y Salomón también creyó en sí mismo, logrando convertirse en un gran gobernador de Israel. 

Jeremías, fue un muchacho tímido que tenía miedo a los mayores por el simple hecho de ser joven. Dios le aseguró que desde antes de ser formado en el vientre de su madre ya lo conocía, que ya tenía un proyecto especial para él y que siempre estaría a su lado para ayudarlo (Jr 1, 4-10). Así como el profeta Jeremías, nosotros tampoco somos producto de la casualidad, sino que hemos sido planeados en el corazón del Creador, Él pone su amor y su confianza en nosotros para que vivamos y hagamos cosas grandes.

No olvidemos a María, la mamá de Jesús, quien siendo muy joven aceptó ser parte del proyecto salvífico de Dios. Admiremos su valor para enfrentar el contexto religioso, social y cultural de su tiempo. Ella confió en Dios, pero, el Señor ya había creído en ella primero, por eso le envió a su mensajero, esperando una respuesta firme y valerosa (Lc 1, 26-38).

Dicen por ahí que los jóvenes son egoístas y sólo quieren divertirse, sin preocuparse por el mundo en el que viven. Sin embargo, yo pienso que Dios sigue creyendo en la juventud, llamándoles a amar y servir. Y quisiera preguntarte: si Dios cree en ti ¿quién eres tú para no creer en ti?