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Xaverianos

GUERRA Y ARMAMENTISMO (2)

Autor: P. Umberto M. Marsich /

¿Cuál ha sido la enseñanza del Magisterio acerca de la guerra?

El Magisterio pontificio, sobre todo de Benedicto XV (1914-1922), el Papa de la primera guerra mundial y, posteriormente, de Pío XII, el Papa de la segunda guerra mundial, sin olvidar la encíclica “Pacem in Terris” del Papa Juan XXIII, considerando la perversidad de las consecuencias de la guerra, la condenan con firmeza, como improbable instrumento de justicia, y la sellan como fenómeno fuera de toda racionalidad. La constitución conciliar Gaudium et Spes, a su vez,  asume esta desconfianza pontificia y activa, de un lado, una nueva y exquisita “teología de la paz” y, de otro lado, reitera la condenación de la guerra nuclear y de todo conflicto bélico. Desaparece la doctrina de la guerra justa y, en cambio, se justifica la “legítima defensa”, como guerra limitada y necesaria, en contra de una injusta y operante agresión.

 Con toda la pobreza que hay en el mundo ¿Es justificable invertir tanto dinero para armarse?

Respecto a la compra y posesión de armas, o sea al “armamentismo”, el Vaticano II lo juzga necesario sólo como instrumento de persuasión de los adversarios y medio para asegurar una cierta paz entre las naciones (GS 81). Los últimos Pontífices, en continuidad con este pensamiento, reconocen que la disuasión mediante el “equilibrio del terror” no fundamenta una paz verdadera, sin embargo, lo consideran moralmente aceptable en las actuales condiciones, siempre y cuando, sea una etapa en el camino del desarme. El Catecismo, sin embargo, manifiesta sus dudas. Critica severamente, por tanto, este procedimiento de disuasión (2315) y recuerda, a todos los encargados del bien común, la obligación moral de evitar todo tipo de guerra.

Lo que sí todos cuestionan, tajantemente, es la “carrera armamentista”, por la injusticia de substraer ingentes cantidades de recursos para las necesidades primarias del tercer mundo y de sectores pobres de los países ricos: "La producción y el comercio de armas atañen hondamente al bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Por tanto -afirma el Catecismo- las autoridades tienen el derecho y el deber de regularlas" (2316). Se impone la necesidad del desarme y la obligación moral de construir la paz sobre las bases de la justicia y del desarrollo equitativo.

Recientemente, frente al desafío real de muchas guerras y, consecuentemente, al de detenerlas, se ha ido elaborando el principio moral de la “injerencia humanitaria”, que obligaría a la comunidad mundial a intervenir de lado del oprimido y agredido, con la finalidad de detener el brazo homicida del agresor. El camino mejor, sin embargo, para desactivar riesgos de conflictos, sigue siendo él de ‘construir la paz’, fomentando la justicia, nacional e internacional, respetando los derechos humanos y creando una comunidad mundial con verdadera autoridad sobre los estados (GS 79-90). Faltan, todavía hoy, instituciones internacionales adecuadas para impedir las guerras y aplicar sanciones disuasivas a los agresores. Debemos rechazar la guerra, sin embargo, conscientes de la debilidad y pecaminosidad del ser humano, sabemos que es inevitable, en tiempos de graves amenazas, justificar la ‘defensa militar’. El ideal de la ‘no-violencia’, propuesto por Jesús en el discurso del monte, no puede ser simplemente transferido del plano ético individual al socio-político. No obstante todo, los humanos deberíamos comportarnos con más racionalidad y, sobre todo, enamorarnos de la ‘paz’ y construirla, permanentemente, conscientes que “Nada se pierde con la paz, Todo se pierde con la guerra” (Pío XII).