Cuando Jesús pasó por este mundo, como verdadero hombre, anunciaba un Reino (Mt 4, 17) donde el que rige es aquel que se vuelve el servidor de todos (Mc 9, 35). Era el Rey esperado para restaurar al Pueblo de Israel, pero ¿qué tipo de Rey es en verdad Jesús? ¿a cuál reino se refiere concretamente?
En primer lugar, es preciso comprender que sus compatriotas judíos esperaban y siguen esperando a un משיח (mesiah), un ungido, un Rey al estilo de David y Salomón, que fuera ascendiente directo de ellos para liderear y gobernar como ellos lo hicieron, instaurando un imperio poderoso y extenso lleno de riqueza y majestad. Esto se comprende considerando el contexto que vivían los judíos en el tiempo de Jesús, siendo oprimidos por el imperio romano. Incluso el apóstol Pedro llega a reconocer que Jesús es este Mesías-Rey esperado (Mc 8, 29).
Sin embargo, poco después, el mismo Pedro intenta frenar el proyecto de Dios tratando de convencer a Jesús para que no fuera a Jerusalén y no ser rechazado, ultrajado, maltratado y asesinado (Mc 8, 31-32). Es cuando Jesús mismo lo llama Σατανᾶς (satanás) (Mc 8, 33) que proviene del hebreo שָׂטָ (satán) y hace referencia al adversario, a lo opuesto a Dios o, en este caso, al camino o proyecto de Dios; porque el proyecto de Dios no es el mismo que el de los hombres.
Jesús reprendió a Pedro, pero se dirigió a los apóstoles (Mc 8, 33), aquellos que continuaron nuestra comunidad, nuestra Iglesia. El malestar o molestia de Jesús es comprensible, pero también es comprensible la actitud de Pedro y los apóstoles, pues estaban hablando en lenguajes distintos. Mientras que para Jesús el Mesías tiene que padecer y dar la vida por sus amigos (Jn 15, 13-17), para los apóstoles y todos los que esperan al Rey de Israel lo importante es derrocar al imperio romano y volver a construir un reinado como las demás naciones.
Habían olvidado que Jesús fue incluso reconocido como Rey por los paganos como Pilato (Jn 18, 37) y aquel centurión que proclama “verdaderamente este era el Hijo de Dios” (Mc 15, 38). Hasta los espíritus inmundos llegan a llamar a Jesús “el Santo de Dios” (Mc 1, 21-28), y los demonios le gritaban “Hijo de Dios” (Mc 3, 11) “Hijo del Altísimo (Mc, 5, 7). Mientras que muchos de sus seguidores sólo lo buscan porque multiplicó el pan (Jn 6, 26).
Jesús entonces es un Rey amigo, un Rey hermano cuyo reino no es igual que los que conocemos y donde la verdad es la bandera de sus ciudadanos (Jn 18, 33-38ª). Jesús es Rey de un reino donde se trabaja por el alimento que dura y da vida eterna (Jn 6, 27) y donde reinan el amor, la paz, la justicia y el servicio.
Si de verdad reconocemos a Jesús como nuestro Rey contemplémoslo en la Cruz, ese es lugar donde se comunica la salvación, donde se aprecia el amor más grande que puede existir. La Cruz es el lugar donde nuestro Rey tiene una corona de espinas porque le ha dado un sentido al sufrimiento, porque ha sido glorificado al haberse humillado, al haberse hecho uno como nosotros para que nosotros podamos ser como Él.

