Autor: P. Umberto M. Marsich /
¿No es irracional solucionar conflictos con la fuerza de las armas y la muerte de seres humanos?
A la pregunta inicial, de arranque, contestamos que sí: es irracional solucionar los conflictos con el uso de la fuerza y no con la fuerza de la razón. La historia de la humanidad, en efecto, reconoce una serie incalculable de guerras de todo tipo y, aún en nuestros días, somos testigos de ellas. Es, sin lugar a duda, un grave problema que desafía permanentemente a la humanidad. En lugar de negociar con la fuerza de la razón los humanos optamos por utilizar la fuerza bruta de las armas y las guerras. Definimos la guerra como "todo conflicto o enfrentamiento armado entre sociedades o grupos organizados".
Todo tipo de guerra sea defensiva, ofensiva, internacional, mundial, civil y revolucionaria acarrea siempre grandes males sociales y, en sentido estricto, jamás podrá ser "justa". Sólo en ciertas circunstancias, podría ser inevitable y necesaria como extremo remedio o para evitar males peores. Por sentido común el hombre percibe lo dramático y lo absurdo de toda guerra, sin embargo, en muchas circunstancias no se ha resistido. Además, mientras las consecuencias de las antiguas guerras eran relativamente contenidas, las de una conflagración nuclear mundial, hoy, sería totalmente aniquiladora. La sociología, además, nos ayuda a comprender sea las causas psicológicas, sociales, políticas, económicas y religiosas que las originan, como su variable tipología: guerra entre los estados, guerra civil, guerra revolucionaria, guerrilla, guerras de liberación y guerra total.
¿Se puede pensar en alguna guerra moralmente lícita?
De entrada, no. El quinto mandamiento ¡no matarás!, de hecho, condena la destrucción voluntaria de la vida humana y, por lo tanto, todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras (Catecismo, 2308). Sin embargo -declara la Gaudium et Spes- "mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa" (79). El criterio de la legítima defensa, volviendo al pensamiento del Catecismo, adquiere sí legitimidad moral, pero, bajo estas rigurosas condiciones:
* "Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
* Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. La guerra como “extrema ratio”.
* Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
* Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar" (2309).
Considerando que, hoy, los males provocados por una guerra total o nuclear, serían seguramente superiores a aquellos que se quisiera reparar, es decir, habría una fuerte desproporción entre los males provocados y el bien a conseguir, la guerra sería siempre ‘ilegítima’.

