Autor: P. Gerardo Custodio L. /
Hemos concluido el largo periodo de la cuaresma y pascua del tiempo litúrgico. Este periodo termina con el envío de la comunidad cristiana a llevar adelante la misión que Jesús había iniciado: “como el Padre me ha enviado, así los envío yo” (Jn 20,21). Jesús ha tenido que sudar la gota gorda para llevar a su grupo a estar consciente de que no estando él, ellos deben asumir la continuación del proyecto de Dios. Además, los Hechos de los Apóstoles, en su parte final, presentaron a Pablo dedicado en cuerpo y alma a este propósito. Su última etapa de la vida fue llevar ese mensaje a las nuevas comunidades recién fundadas y proponiendo a otros países, razas y lenguas, el llamado a conocer el Evangelio de Jesús. Todo esto, nos dice la Escritura, llevado por la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado.
La tentación que la Iglesia ha tenido a través del tiempo es cerrar las puertas y no preocuparse para ver más allá de sí misma. Una vez que las comunidades van creciendo y se van fortaleciendo en su estructura, lo más cómodo es olvidarse de que la misión no para y que debe seguir su curso hacia pueblos y situaciones donde el anuncio del Reino de Jesús no ha llegado.
Y es precisamente en estos momentos que el Papa Francisco nos ha dirigido su mensaje: “hay tantos pueblos que todavía no han conocido y encontrado a Cristo, y es urgente encontrar nuevas formas y nuevos caminos para que la gracia de Dios pueda tocar el corazón de cada hombre y mujer para llevarlo a El (Jesús)… sobre todo a los pobres, a los excluidos y a los que están lejos”.
El punto clave que ha tocado el Papa, es que esos pueblos que todavía no conocen a Jesús, son exactamente el objeto de la misión Ad Gentes, es la misión universal de la Iglesia de las primeras comunidades cristianas. Insiste para que las Obras Misionales Pontificias de las diócesis “no se cansen de educar a cada cristiano, desde la infancia, en un espíritu verdaderamente universal y misionero, y de sensibilizar a la comunidad entera para apoyar esta obra… Deben convertirse en instrumento privilegiado para la educación al espíritu misionero universal. Esta no es una misión facultativa sino esencial”. (Discurso a los directores nacionales de OMPE, 17 mayo, 2013). Que el Espíritu del Señor siga suscitando gente dispuesta a colaborar en la extensión del Reino y en la implantación de la fraternidad en el mundo.

