En nuestra sociedad, no todo va bien, esto se refleja en datos como el aumento del consumo de alcohol y drogas, los altos niveles de depresión y de enfermedades de transmisión sexual, y el aumento de los internos en prisión. En las últimas décadas hay bajos niveles de satisfacción o felicidad, a pesar del significativo progreso material.
En este sentido, la aportación de la fe va mucho más allá de la ayuda material, está también tiene un papel importante que jugar a la hora de satisfacer las necesidades más profundas. Nuestra fe, a través de la religión ha predicado siempre un sistema de valores que fomenta un bienestar más profundo y ha actuado como contrapeso a la inclinación humana a la avaricia y al materialismo. Y los valores como la confianza y la participación en la comunidad, relacionados con el florecimiento personal, social y económico, son sus características centrales. Además, los sistemas de valores están fuertemente relacionados con cuestiones vitales de felicidad personal, como la promoción del matrimonio de por vida, fiel y monógamo.
Al respecto San Guido Maria Confortinos en una homilía del 14 de Enero de 1912 “sobre la vida cristiana” comenta: «Sé bien que muchos se sienten atraídos por la belleza moral y por la perfección de la vida cristiana como nos la presenta con sencillez el Evangelio, se moverían también a abrazarla, pero se alejan de ella por la dificultad del compromiso. Quedan como vencidos por algunos sofismas que a menudo se mueven contra el cristianismo, de los cuales éste no es el último: que el cristianismo, con su fe y con su moral inmutable, se opone a la libertad de pensamiento, a la libertad de acción y por lo tanto a la libre expansión de la ciencia, del progreso, de la civilización. Nada de más falso, nada de más paradójico».
La fe tiene una importante contribución que ofrecer a la sociedad, pero hoy en día hay una confusión sobre el tema en la sociedad. Aun más, hay quienes se atreven a decir que el papel de la fe en la sociedad representa un peligro. Y por ello en la misma homilía, Conforti continua diciendo: «Está fuera de duda que, sin la fe, el hombre no puede conocer todas las verdades, aun del orden natural, necesarias a la moralidad de la vida. La inteligencia se oscurece, la conciencia se cubre de niebla, las pasiones anticipan los juicios del espíritu y el error se introduce fácilmente en el fondo de las almas».
La historia del siglo XX nos demuestra que la actividad inspirada por la fe puede ser una fuerza para el bien común de la sociedad. Ya Conforti adelantándose a muchos documentos de nuestro tiempo nos ayudaba a comprender que: «la fe con su luz sobrenatural viene en ayuda de nuestro intelecto, abre nuevos horizontes delante de su mirada, le señala nuevos caminos que recorrer, por lo cual, en lugar de obstaculizar sus libres pasos, lo conduce de mejor manera a la consecución de la verdad que es su natural nutrimento y para la cual está hecha.
También la voluntad, como consecuencia del pecado original, está inclinada al mal y su libertad ha quedado herida. La imaginación desenfrenada, los ejemplos perversos, la influencia del entorno deteriorado, arrastran fácilmente a caídas deplorables. Nuestra pobre voluntad necesita una regla y una norma segura para no desviarse del recto camino y para esto provee la ley Evangélica, la ley del amor».
Por tanto, el establecimiento del Reino predicado por Cristo es tanto un asunto público como una cuestión privada. La Iglesia no sólo tienen un papel legítimo que jugar, también tienen su parte en el mantenimiento del equilibrio, ya que cuando los estados olvidan que no gozan de una consideración absoluta de sus ciudadanos, pueden errar más fácilmente en la dirección del totalitarismo que deshumaniza a las personas.


