Ciertamente, la muerte de Jesús significó una derrota ante los ojos del mundo. Que Jesús no haya usado de su fuerza y poder para librarse de sus enemigos, fue para muchos la debilidad de Jesús. Fue, incluso, la muestra del abandono de Dios. La maldad, el legalismo y el odio de los seres humanos le habían arrastrado hasta la cruz, aun cuando lo hicieron en nombre de la ley sagrada y para defender el orden establecido.
La resurrección vino a revelar que Cristo no era ningún malhechor, ni fue un falso profeta. Dios no aprobó lo que se hizo con Jesús y lo resucitó dándole todo el poder (Hech 13,15). La resurrección vuelve a dar sentido, para los apóstoles, a todo lo vivido con Jesús. Ellos serán capaces de proclamar: "Ustedes lo entregaron a la muerte (...) Pero Dios le ha resucitado de entre los muertos (Hech 3,15; 4,10; 5,30). Como dice Carlos Ayala R.: “…Se dejó abierto el camino para la comunidad continuar con la misma misión y el mismo mensaje de Cristo: anunciar e ir realizando poco a poco el reinado de Dios en medio de los seres humanos. La misión para los apóstoles surgió de la certeza de que el Crucificado estaba vivo y no todo estaba perdido. Esta Buena Nueva se presenta como el anuncio del perdón de los pecados, el llamado a la conversión, la posibilidad de reconciliación, la certeza de liberación de las fuerzas y potestades del mal, la seguridad de absoluta apertura y acceso a Dios Padre. El anuncio de la Buena Nueva de la resurrección, no es la transmisión de una doctrina, ni la imposición de una moral, sino el convencimiento de que algo nuevo y decisivo se ha producido. Para los primeros cristianos creer en la resurrección significaba volver a Jerusalén, reunir a la comunidad y compartir las experiencias, sin miedo a los judíos ni a los romanos (Lc 24,33.35). Significaba recibir la fuerza del Espíritu Santo, abrir las puertas, anunciar la Buena Noticia a la multitud (Hech 2,4) y tener la valentía de decir: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres".
Dios Padre ha rescatado a su hijo crucificado trayéndolo a la vida, y así, podemos afirmar la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza. Y podemos confirmar que vivir haciendo el bien, es decir, vivir como resucitados, es el reto que se nos plantea a todos y a todas. ¡Felices Pascuas!

