Casa de la Filosofía es el nombre con el que llamamos a este lugar, tan querido y añorado por los muchos xaverianos, que hemos tenido la oportunidad de vivir allí, y experimentar una etapa maravillosa de nuestro camino formativo. En mi tiempo, convivíamos juntos, en esta misma casa, los estudiantes de filosofía, de teología y desde luego nuestros formadores a quienes recuerdo con agradecimiento y cariño.
En este momento de mi vida, valoro muchísimo los años de formación que viví, junto con mis compañeros, en esta casa de formación. Fueron años que me ayudaron a enamorarme cada día más del carisma de nuestro fundador y de ese cristocentrismo que él nos propone, que da sentido y rumbo a mi vida, me orienta también a no despegar mi mirada de Cristo, porque sin Él me hundo y me pierdo en las aguas turbulentas y tentadoras de la vida.
De esos años de formación, valoro muchísimo la hermosa experiencia de la vida comunitaria; ese espíritu de familia se hacía sentir, pues todos estábamos en la misma sintonía. Éramos jóvenes y si bien no faltaban las diferencias o malentendidos, el puro hecho de recordar: Ámense como hermanos y respétense como príncipes, nos hacía recapacitar y continuar nuestra vida de estudio, oración, trabajo, deporte, apostolado y convivencia juntos, sin tener que mirar a otros rumbos. Nuestros formadores nos entendían y con caridad nos acompañaban, haciendo equipo con nosotros, algunos hasta en el deporte.
No puedo hacer menos la experiencia de la cercanía de tantos amigos, que hasta el día de hoy siguen ofreciéndonos esa amistad sincera, pues están siempre con nosotros, en los momentos felices y también tristes que, como familia, nos ha tocado vivir. Nuestros amigos siempre están allí.
Me nace agradecer verdaderamente a Dios porque nos ha dado esta casa, la cual resulta, ahora, ser una casa muy grande para los pocos estudiantes que tenemos, sin embargo, como les he dicho a mis hermanos xaverianos, aquí hay algo muy especial, se respira paz, armonía, amor, creo que es Dios y con su Espíritu lo llena todo. Por tal motivo, aunque la comunidad sea pequeña y la casa muy grande, no se siente ese vacío.
Dios siga bendiciendo a nuestra familia xaveriana, y que la casa del filosofado continúe siendo un lugar desde donde la luz de Dios siga iluminando a muchas familias y que sepan que en esta casa son siempre bienvenidos. Juntos hagamos del mundo una sola familia en Cristo y que sea por todos conocido y amado, nuestro Señor Jesucristo.



