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Xaverianos

EL MANDATO ES DE CUIDAR LA TIERRA

Autor: P. Umberto M. Marsich /

“Dios bendijo al hombre y a la mujer, diciéndoles: sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla”…”Yo se la entrego para que ustedes se alimenten” (Gen 1,28-29). La Tierra puede y debe ser salvada a través de la sustentabilidad del desarrollo que significa «satisfacer las necesidades humanas de todos sin sacrificar el capital natural; viviendo de manera sustentable» (SRS,34).

 Hoy, tristemente, somos testigos de fenómenos naturales siempre más destructivos. Los glaciales, por el aumento planetario de la temperatura, se están deshaciendo; el aire, por el elevado índice de contaminación, se está volviendo irrespirable; los procesos de desertificación y las sequias van en progresiva expansión y el agua siempre más escasa. Por estas razones, los huracanes son más violentos y las inundaciones terriblemente nefastas. Lo más inaceptable es que el mismo ser humano es el culpable irresponsable de estas calamidades. El mandato divino de cuidar la tierra y ‘dominarla’ ha sido realizado no siempre de manera inteligente. “Creado el hombre a imagen de Dios –dice Gaudium et Spes-  recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad” y no de destruirlo egoístamente. Nuestras generaciones han actuado devorando los recursos no renovables como si fueran la última generación destinada a vivir en el planeta. Someter la tierra, en el proyecto originario de Dios, significaba ‘administrarla’ y ‘desarrollarla’ con sabiduría, solidaridad y respeto y no con ese afán destructor y lucrativo que se está llevando a cabo. El ‘desarrollo’ actual exige, urgentemente, de «correctivos globales», o sea, de la solidaridad de todos, y de todos los países, en vista de una mayor justicia social en la repartición y conservación de los bienes de la tierra.

Necesitamos de un desarrollo económico que favorezca la realización del bien de todas las personas, sin destruir el ambiente y acabar así con los recursos no renovables de la tierra. No puede ser considerado ‘humano’ un desarrollo que, para beneficiar algunas categorías sociales y a pocos países, envenena áreas inmensas de territorio, haciéndolas inhabitables. Un desarrollo no equitativo y destructivo es inevitablemente, detonador de violencia y de inestabilidad social.

Las absurdas e injustificables guerras in acto y la incontrolable criminalidad cotidiana, de la que somos víctimas también en nuestro México; las protestas multitudinarias de los pobres y el retorno a modelos políticos populistas en América Latina, son claros síntomas de agonías sociales y de malestar global; son expresiones de inconformidad de los débiles en contra de las hegemonías económicas de los poderosos de la tierra.

Sin “desarrollo sustentable” no habrá paz: «el desarrollo -decía Pablo VI- es el nuevo nombre de la paz». A su vez, Juan Pablo II, afirmaba que «es intolerable el creciente contraste entre la riqueza de unos pocos y la miseria de la mayoría». El desarrollo es interdependiente con la cuestión ecológica: «El hombre —escribía Juan Pablo II— impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida» (CA,37).

El mundo vive la etapa de la «globalización», fenómeno que representa la creciente integración de la economía mundial. La obsesión compulsiva por las ganancias ha afectado la ecología del planeta. Nos damos cuenta de que podemos ser destruidos, irresponsablemente, por la pésima gestión que hemos llevado del desarrollo. La bomba atómica y la agresión ecológica al sistema tierra son las dos perversas máquinas de muerte que pueden acabar con el ser humano. J.Pablo II había ya denunciado esta realidad cuando decía: «Usar los recursos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras» (SRS, 34). Que el sistema económico contemporáneo no es ‘sustentable’ lo revela también la cantidad, siempre mayor, de los pobres y el abismo, siempre más profundo, entre pobreza y riqueza. El desarrollo requiere más amor y responsabilidad de uno para con los demás y con la naturaleza.