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Autor: P. Santiago Milani. /

Nació en Verdú España en 1580 y falleció el 9 de septiembre de 1654 en Cartagena de Indias (Colombia). Fue canonizado el 7 julio de 1896 por el Papa León XIII. En 1896 fue declarado Patrono de las misiones entre los negros y en 1985 Defensor de los Derechos Humanos. Tímido y sencillo, catalán corto en palabras y largo en hechos, Pedro Claver Corberó es una de las figuras del cristianismo en el sur del continente.

Pedro fue hijo de Pedro Claver y Mingüella, y Ana Corberó. Pedro no tenía aún 13 años cuando perdió a su madre. A los 15 años de edad, recibió la tonsura clerical en su pueblo y se trasladó a Barcelona para estudiar «letras y artes» en la universidad. Terminada la retórica, entró en contacto con los jesuitas del colegio de Belén para estudiar filosofía. Allí sintió la vocación ingresando a la Compañía de Jesús en 1602. Después del noviciado y luego de pronunciar sus primeros votos, pasó a Gerona a dedicarse al estudio de Humanidades.

Su llegada a América

Comenzaba su segundo año de estudios teológicos cuando el provincial, accediendo a su deseo, le destinó en 1610 a las misiones del Nuevo Reino de Granada. Después de una primera toma de contacto con la plaza fuerte de Cartagena de Indias, hervidero de negreros, piratas e inquisidores, se trasladó, a Santa Fe de Bogotá, donde no estaban aún organizados los estudios de teología, lo que Pedro aprovechó para servir como hermano coadjutor. Fue ordenado sacerdote en Cartagena en 1616, a la edad de 35 años, por el obispo dominico fray Pedro de la Vega. Ofició su primera misa en el altar de la Virgen del Milagro de la iglesia de la Compañía. Impulsado por la situación imperante, Claver se entregó en cuerpo y alma a los negros bozales.

Cartagena de Indias era, por su posición en el mar Caribe, el principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo. Pero Pedro Claver se enfrentó con hechos heroicos a esta ignominiosa trata. Al profesar sus votos perpetuos solemnes, estampó junto a su firma la que sería la gran consigna de su vida: Petrus Claver, aethiopum semper servus («Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre»)

Acompañado de sus intérpretes acudía Claver al puerto llevando al brazo un canasto cargado de plátanos, naranjas, limones, pan, vino, tabaco y aguardiente. Luego, descendía a la sentina del navío donde por más de cuarenta o cincuenta días habían permanecido «sepultados» entre 300 y 400 esclavos negros. Ante los ojos de los pobres africanos, les decía que él quería ser su padre y pretendía tratarlos bien; que no iba con intención de comérselos, como ellos creían, o maltratarlos, sino para quererles y enseñarles el camino de Jesús. Si alguno llegaba en peligro de muerte, él mismo lo envolvía en su manto y lo llevaba a un hospital. Su afecto a los negros se extendía también a su defensa frente a sus amos, como atestigua la negra Isabel Folupo. Cuando sabía que alguno flagelaba a sus esclavos, se presentaba en la casa y con súplicas o con autoridad les pedía que no los azotaran.

Claver enfrentó una pertinaz oposición por parte de las autoridades civiles y comerciales, quienes sospechaban que el sacerdote socavaba su lucrativo comercio. Pero los traficantes de esclavos no eran los únicos enemigos de Pedro. El misionero fue acusado de exceso de celo y de haber profanado los sacramentos al darlos a «criaturas que apenas poseían alma». Claver continuó su trabajo, aceptando las humillaciones y añadiendo rigurosas penitencias a sus obras de caridad.

En 1650 pretendió entrar en Uraba, región de indios paganos, tras predicar la cuaresma por los alrededores de Cartagena, pero cayó enfermo, se sintió tan mal que se vio obligado a regresar a Cartagena. Una parálisis le redujo a la impotencia y a un tremendo temblor de las manos, que, según testimonio del médico, le desaparecía al decir misa. Así, físicamente impedido, permaneció los últimos cuatro años enfermo, en su celda, prácticamente solo y sin poder casi moverse. Falleció en la madrugada del 9 de septiembre de 1654.