El tiempo pasa velozmente, tanto así que en un cerrar y abrir de ojos han pasado ya cuarenta y nueve años desde que sentí la llamada del Señor. En un pueblo muy pequeño y proveniente de una familia numerosa, siendo el décimo de trece hermanos, en el año de 1971 el Señor llamó a mi puerta. Una de mis hermanas que se llama Beda había conocido a un padre xaveriano: Franco Izzo, con quien tuvo contacto y le platicó de mi inquietud vocacional. Yo me encontraba ya al final del sexto año de primaria, en el pueblo solo había una escuela secundaria estatal y mi hermana quería que yo estudiara en una escuela particular.
Para entonces los padres xaverianos habían construido una escuela secundaria y una preparatoria en San Juan del Río, Querétaro. Además, en el seminario ya había seminaristas de todos los grupos. Así que, sin pensarlo demasiado, mi hermana preguntó al padre Franco lo que se necesitaba para entrar en el seminario y después de haberle dado todas las instrucciones, ella con mi mamá se apresuraron para comprarme todo lo necesario para entrar, ya que faltaban solo unos días para que comenzaran las clases.
No me tocó participar al preseminario, como es costumbre hacerse en los seminarios xaverianos. Yo llegué exactamente un día antes de que empezaran las clases, y sin más para mi fortuna ya había en el seminario algunos seminaristas provenientes de mi propio pueblo, que aún sin conocerlos por lo menos fueron ellos quienes me acompañaron en mis primeros pasos del seminario. En mi grupo éramos tres del mismo pueblo, sin embargo, dos de ellos se salieron después del primer año. Lo que son las cosas, ellos que habían tenido la experiencia del preseminario no siguieron adelante, mientras yo que había llegado solo un día antes de iniciar la escuela seguí adelante.
Así suelen ser los proyectos de Dios, cuando menos te imaginas te llama de repente. Yo que no sabía lo que era vivir en un seminario, ni mucho menos sabía que había uno en San Juan del Río, fui a caer allí quizás por pura coincidencia. Por otra parte, la diferencia entre un seminario diocesano y un seminario misionero, ni siquiera me pasaba por la mente. Fue con el pasar del tiempo que empecé a comprender que donde me encontraba era un seminario misionero. Por aquel entonces había un padre que había estado en la misión de Indonesia, al hablarnos de ella y después de presentarnos un video me impactó tanto que desde entonces me vinieron las ganas de ir a aquella misión, yo me encontraba apenas en segundo de secundaria.
Ahora con toda libertad y gran alegría puedo decir que no me arrepiento de haber entrado en el Seminario de los Misioneros Xaverianos, pues mi sueño de ir a la misión de Indonesia se hizo realidad, donde permanecí casi veinticuatro años sirviendo a Dios y a la Iglesia. Les aseguro que si volviera a nacer y me preguntaran: ¿quieres entrar al seminario?, mi respuesta sería un sí rotundo y desde luego en el Seminario de los Misioneros Xaverianos. Dios los bendiga.



