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Cuenta una historia que cierto día un hombre paseaba por el bosque, y de repente al ver a un pequeño zorro que había perdido sus patas traseras se preguntó cómo era posible que pudiera seguir viviendo. En ese momento se acercó al zorro un tigre que le dio un trozo de carne. El hombre se maravilló de la bondad de Dios, y pensó: De ahora en adelante ya no me importarán las cosas materiales. Voy a confiar en la providencia de Dios, pues sé que no se olvidará de mí, y decidió encerrarse en su casa.

Pasaron los días y no sucedió nada. Cuando estaba a punto de morir de hambre, oyó la voz de Dios que le dijo: Tú que te hayas en la senda del error, abre tus ojos a la verdad. Sigue el ejemplo del tigre y no del zorro.

Cuando aquel hombre se recuperó, salió al parque y vio a una niña sentada en una banca hambrienta y tiritando de frío. Al ver aquella situación el hombre le reclamó a Dios: ¿Cómo es posible que te preocupes más por un zorro y no te importe esta niña? ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? Aquella noche volvió a escuchar la voz de Dios que le respondió: Ciertamente que he hecho algo. Te hice a ti.

No es raro que cuando ocurre alguna desgracia, surja la pregunta: si Dios es bueno, ¿por qué permite estas cosas? Y muchas veces pareciera que esta pregunta no tiene respuesta, sobre todo cuando creemos que Dios tiene que solucionar nuestros problemas. Cuando pensamos de esta manera, quizás sea para no asumir nuestra propia responsabilidad, pues si nos ponemos a reflexionar sobre los problemas que vivimos, el origen se encuentra en cada uno. Si pensáramos un poco menos en nosotros mismos, las cosas serían diferentes, y más aún si asumiéramos las consecuencias de nuestros errores y no echáramos la culpa a los demás.

Es por eso que el Papa en su mensaje con motivo de la Jornada Mundial por las Misiones, después de la crisis que hemos vivido a nivel mundial, nos dice que esta situación nos ha ayudado a darnos cuenta que aun cuando nos puedan separar miles de kilómetros todos vivimos en la misma barca. Y, por tanto, en este contexto, vivir esta jornada debería ser una invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo, y una oportunidad para compartir, servir e interceder.

Pero para poder vivir estos tres verbos, creo que ante todo se debe comenzar por vivir la disponibilidad, que nos permite ser coherentes, ya que delante de una necesidad o de una dificultad, cuántas palabras no se pronuncian. Pero al momento que surge la pregunta: ¿quién se ofrece como voluntario? La respuesta es el silencio, o siempre son los mismos que levantan la mano.

Ojalá que esta jornada del DOMUND, ayude para que  delante del sufrimiento de tantas personas que han perdido un ser querido, un trabajo o el sentido de la vida, se levanten muchas manos dispuestas a colaborar, sabiendo que Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para anunciar que no todo está perdido, que el Señor camina a nuestro lado. Y cuando sintamos que Dios pregunta: ¿a quién enviaré? Nosotros respondamos, mostrando la misma disponibilidad como María, aquí estoy Señor, envíame a mí.