Hace algunos meses, escuché en una entrevista televisiva al ya tan popular doctor Hugo López Gatell, diciendo que lo más probable era que lo que para nosotros era la normalidad antes de la pandemia, no volvería a ser la misma. Transcurridos unos meses desde aquel momento, y tras la vivencia de toda la serie de fenómenos que se han desencadenado a causa del Covid-19, nos queda claro que esa normalidad que tanto deseábamos recuperar en aquellos días y que ahora añoramos en una visión distante, sin caer en una visión fatalista, se nos va transformando poco a poco en una realidad de readaptación y reinvención prácticamente global, partiendo desde los elementos sumamente personales como son nuestras relaciones afectivas y emocionales, atravesando por todas las esferas de nuestra dinámica humana, a mencionar: la convivencia familiar, las cuestiones educativas y de formación, incluidos sus métodos, horarios y formas, la dinámica de todo lo que corresponde al ámbito económico: empleos, formas de trasladarse, medios laborales; nuestra participación y vivencia de aquello que pertenece a nuestra área espiritual y cultural.
Esta reflexión nos exige ver las circunstancias en retrospectiva, pero, aún más importante en cuestión de proyección, lo que nos exige escuchar y entender el sentir de las nuevas generaciones, razón por la cual, en este artículo, he invitado a participar a una joven universitaria.
Hola, soy Yalmary, una joven de diecinueve años, y a mi corta edad, esta nueva realidad, al igual que a muchos otros jóvenes, me ha llenado de sentimientos encontrados, por una parte: incertidumbre, enojo, soledad, nostalgia… Por ejemplo, ahora, más que nunca, extraño la dinámica escolar, la interacción que había entre maestros y alumnos.
Reflexionando sobre esta situación, he pensado que las generaciones anteriores, a mi edad, disfrutaban más intensamente realidades sencillas pero fundamentales, reunirse con amigos a jugar, platicar, convivir en general. Considero que a los actuales jóvenes nos van a hacer falta circunstancias que de verdad son importantes en la vida, sobre todo en el campo relacional. La enfermedad no solo ha afectado a los que la padecen, sino a todos, y a los jóvenes aún más pues la visión de la vida cambiará para siempre. Sin embargo, esta situación nos permite, también, mostrar nuestras capacidades. Acoplarnos a este nuevo estilo de vida. Nos brinda la oportunidad de aprender técnicas nuevas en investigación, manejar métodos formativos no tan convencionales, usar formas de comunicación innovadoras, etcétera.
En resumidas cuentas, este suceso me está dejando, principalmente, dos perspectivas. Por un lado, estoy completamente segura que como jóvenes tenemos un compromiso personal y ante la sociedad de mejorar las condiciones de vida que las generaciones pasadas nos han heredado; y, por otra parte, con todos nuestros conocimientos, habilidades y virtudes, debemos eliminar los errores, problemas que actualmente tenemos en el mundo. Sé que la tarea es mucha, pero también sé que la capacidad de la juventud es ilimitada.
Curiosamente, esta sección de la revista se llama “Ecos del mundo”. En esta ocasión hemos escuchado el sonido que, una significativa parte de los jóvenes deseamos se convierta en eco para la construcción de la nueva realidad mundial.



