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Xaverianos

DIOS, CREADOR DE LA VIDA

Autor: P. Umberto M. Marsich /

Dios, después de haber creado el universo entero, concentra su amor en dar vida, en cuerpo y alma, a su obra maestra, que es la ‘Persona’: “Entonces, Yavé formó al hombre con polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y existió el hombre con aliento y vida” (Gen 2, 7).

 En el siglo XIX, la teoría evolucionista cuestionó la creación divina del ser humano haciéndolo derivar de la evolución del chango. Hipótesis científica de respeto que, sin embargo, no podemos asumir como ‘verdad absoluta’. De hecho, el evolucionismo de Darwin no soluciona el problema del origen de la vida humana en cuanto ‘humana’, o sea, única e inédita. En 1859, en su obra ‘El origen de las especies’, relata el proceso del evolucionismo de las especies, partiendo del caos inicial hasta la llegada del hombre, posterior a la vida en general. Lo que él reconoce es el poder “genésico” de la materia como omnipotente, sin que nadie, ni Dios, le hayan echado la mano. La transición de lo inorgánico a lo orgánico y de lo inerte a la vida, se habría dado, a lo largo del tiempo, por el único timonel, que sería el ‘azar’. Hoy, se presume de haber descubierto la ‘partícula de Dios’, o sea, aquella que ha iniciado el origen de todas las cosas existentes, en lugar de Dios.

El hombre, según Darwin, goza del ‘genio-inteligencia’ por carambola y habría pasado, del gruñido animal al canto de ‘Pavarotti’, por evolución. El ser humano sería un producto más de la materia, sin embargo, su teoría, respecto del origen de la libertad e inteligencia humana, no satisface. Todo es como es y sucede como sucede en la naturaleza cósmica y biológica, pero, en la persona, es diferente. Él rige su vida con leyes de libertad y se mueve en razón de lo debido, o sea, según ‘conciencia’. El hombre resulta ser supra-natural, o sea, “moral”. Somos, de verdad, arquetipos únicos: cada quien es singular, es único en sí y en su quehacer. Especie e individuo, en él, están separados y cada uno representa una idea peculiar, una novedad diversa en un mundo irrepetible. Somos la única novedad que acontece en la historia. La libertad, de la que estamos dotados, es la antítesis del proceso de la evolución y de su determinismo. Pertenece al mundo, pero no es del mundo. Hay algo que lo proyecta, prescindiendo de su voluntad, hacia la infinitud: es su trascendencia. Por su autoconciencia e identidad espiritual no puede pertenecer totalmente a la teoría de la evolución. El ‘eslabón perdido’ del evolucionismo es aquel que no logra justificar lo ‘específicamente humano’ como producto de la evolución. Lo espiritual es una realidad, cuyo génesis, no depende de la materia y, cuyo destino, supera las categorías antropológicas del tiempo y del espacio.

El dogmatismo positivista, que quiere imponerse como fuente única de la verdad, hace estragos y mortifica impunemente la inteligencia humana. La científica, en efecto, no es la única verdad y su método debería complementarse con aquellos que también pertenecen al ser humano, produciendo y amplificando, así, el abanico del conocimiento.

A la luz de esto creemos que la teoría evolucionista, basada en la selección natural, es insuficiente para comprender el origen del ser humano, cuya esencia es ‘cualitativamente’ distinta de la animal. En el Génesis, Dios infunde directamente el espíritu con su ‘soplo vital’, el ‘alma’, principio unificador de todas las actividades inmateriales: la inteligencia, conciencia, libertad y voluntad. El Papa Pablo VI afirma: “Las almas son creadas cada una por Dios directamente” (1966). Juan Pablo II, a su vez, señala como la fe pide creer en la creación del alma por Dios. La persona es una criatura nueva, dotada de capacidad intelectiva. Es verdad que la inteligencia ha sido siempre “la cruz” del evolucionismo, en cuanto no es fácil explicarla orgánicamente. Es así como cada ser humano es superior a la especie porque la inteligencia es suya, más que de la especie. Como tú, en el planeta, no existe ningún otro ser. Creemos que el ser humano es un fenómeno tan complejo que ninguna teoría será suficiente para revelarnos el misterio de su origen e identidad. Sólo otro misterio mayor, el de Dios, podrá acercarnos a ello.