En esta ocasión reflexionamos sobre el tema de la hospitalidad, del latín hospitare “recibir como invitado” y del griego φιλοξενία (filoxenía) “amor a los extraños”. La Sagrada Escritura nos presenta la manera en que Abraham vivió este noble valor humano, él es capaz de empatizar con esos tres hombres desconocidos que vienen cansados por el camino en el momento en que el sol pega más fuerte. Corriendo a su encuentro les ofrece lo mejor que tiene (agua para lavarse, descanso, pan recién hecho, su mejor ternero…) y es capaz de descubrir el rostro de Dios en esos huéspedes, llamándolos “Señor mío” (Gn 18, 1-10).
Precisamente Marta, del arameo מַרְתָּא (martha) “señora”, realiza lo que en su cultura hebrea (los hijos de Abraham) es tradición hacer: hospedar al forastero y brindarle lo mejor que se tiene (agua para lavarse, descanso, alimento…). Su hermana María, מִרְיָם (miryam) “amada”, deja que Marta se ocupe del servicio práctico y atiende al huésped (Jesús) escuchándolo, brindándole lo mejor que tiene: su corazón (Lc 10, 38-41).
Las dos hermanas viven el valor de la hospitalidad con bondad y entrega, sin embargo, sólo una es plenamente feliz. Marta, por cumplir la ley, se estanca en el “hacer”, olvidando la esencia de este valor humano que es empatizar con el huésped, eso que movió a Abraham a recibir al extraño en su casa (la compasión, la humanización de su corazón, descubrir a Dios en el otro ser humano). María cumple con la buena costumbre del hospedaje, pero lo hace de una manera distinta, renueva y revive lo que el padre Abraham vivió, entregando todo “ser” y abriendo su interior a Jesús.
Las dos actitudes son buenas y necesarias, Marta y María representan el servicio y la entrega, Marta abre la puerta de su casa y María abre la puerta de su corazón. Es preciso cuidar que no nos quedemos en el “hacer” porque llegará el momento en que se genere un vacío que no nos dará plenitud y comenzaremos a ver lo que el otro no hace. Marta representa al pueblo de Israel que se ha paralizado en el cumplimiento de la ley por el simple hecho de cumplirla. María representa a aquellos que cumplen la ley de un modo distinto, con una actitud novedosa que le sale del corazón y le da plenitud a su servicio.
Seamos como Marta y María, sirvamos haciendo y vivamos siendo la figura de Abraham, el amigo de Dios, encontrando su rostro en el ser humano que requiere de nuestra ayuda y amor, esa es la mejor parte.




