Ante nuestra fragilidad humana en un contexto actual donde esperamos obtener beneficios y productividad de los demás, el Evangelio nos muestra el rostro amoroso de la paciencia. Y es que nosotros naturalmente somos impacientes y tendemos a cortar cualquier relación con aquellas personas que no nos caen bien o no van de acuerdo con nuestros pensamientos, con aquellos que nos han herido y, sin quererlo, nos han ayudado a crecer en humanidad.
Sin embargo, Dios es siempre paciente, Él nos da siempre otra oportunidad. En la parábola de la higuera que no da frutos (Cf Lc 13, 1-9), podemos identificarnos con ese árbol que, a pesar de recibir agua, sol y tierra, no es capaz de fructificar. Es preciso remover la tierra, retomando con conciencia las motivaciones que mueven nuestro interior y nos hacen dar lo mejor de nosotros en todo lo que hacemos y vivimos.
El viñador que remueve la tierra es Jesús, y el abono que nos fortalece es la oración. Acerquémonos al viñador y dejemos que transforme nuestras raíces devolviéndoles la capacidad y la fuerza para dar fruto y así ponernos al servicio del dueño de la viña, que pacientemente espera el día que volvamos a Él de todo corazón.