
Homilía Dominical: “Vayan también ustedes a mi viña…”
XXV Domingo ordinario “A”
“Vayan también ustedes a mi viña…”
La palabra de Dios es siempre sorprendente, hermanos y hermanas, ella nos invita a ir mas allá de nuestros simples esquemas, nos invita a ver las cosas desde los ojos de Dios, y esta visión siempre será liberadora, llena de esperanza, llena de vida. Y hoy, ella nos dice, ya desde la primera lectura (Is 55,6-9): “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar”, con esta intención hermanos meditemos la parábola del Evangelio (Mt 20, 1-16), buscando eso, “al Señor”, superando una visión limitada que nos encierra en nosotros mismos y nuestros esquemas de justicia o de retribución salarial; no caigamos en la trampa de meditar esta pagina del evangelio desde la realidad de los viñadores, sino desde la actitud del Propietario. De hecho, al hablar del propietario de la viña, Jesús piensa en Dios, piensa en su Padre. Por esto, en la historia de la parábola, el dueño hace cosas sorprendentes que nos acontecen en el día a día de la vida de cualquiera de nosotros. En esta actitud extraña del dueño hay que procurar encontrar la llave para comprender el mensaje de la parábola. En realidad, la parábola contiene más que otra cosa, una enseñanza de orden espiritual de máxima importancia y lo podemos sintetizar en esta frase: Dios llama a todos y llama en todas las horas. El meollo de la parábola es la llamada, y no tanto la recompensa.
Es sorprendente la actitud del propietario, sale de madrugada a contratar trabajadores para su viña, como todo propietario, pero a media mañana y otras cuatro veces mas sale a buscar obreros para su viña, aún a deshoras, incluso al caer de la tarde. Para este propietario lo que importa es que vayan más y más obreros a su viña, él no piensa en el salario, en el trabajo efectivo; su interés es que más y más obreros se comprometan con su viña, se beneficien del trabajar en su viña, que experimenten la realidad de trabajar por su causa, sientan esa “bondad” que a todos les es manifiesta, sean los que empezaron temprano como los que llegaron al final, todos compartiendo su bondad y trabajando por su causa, no importa la hora.
Recordemos hermanos que Jesús nos está hablando del Reino de Dios, no está hablando de justicia laboral o de doctrinas sociales; el interés de Jesús es mostrarnos dos aspectos fundamentales del Reino de Dios: el primero, que Dios quiere llamar a todos a trabajar para su Reino; el segundo, que al final quiere dar a todos la misma recompensa, es decir la salvación, la vida eterna. Y esto nos debe llenar de esperanza y de compromiso misionero, sea cual sea nuestra edad, nuestro nivel de vida cristiana, nuestro pasado. Como decía el Papa Francisco, “en el Reino de Dios no hay lugar para desocupados”, todos estamos llamados a contribuir, a participar; todos en las cosas de Dios tenemos un llamado a ir a trabajar en la viña del Señor, todos están llamados a hacer cada uno su parte; y para todos, al final, habrá la recompensa que viene de la justicia divina, y este es el segundo mensaje importantísimo del Evangelio, a todos Dios nos ofrece una recompensa según su bondad, su amor y su misericordia y no según nuestros criterios de justicia distributiva, es y será siempre según su bondad y su amor. Y esta recompensa no es otra que la salvación que Jesucristo nos ha comprado con su muerte y resurrección. Una salvación que no es merecida, sino donada – la salvación es gratuita – por lo que ‘los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos’ (Mt 20,16). Saquemos nosotros mismos las consecuencias, en el Reino no hay privilegiados, los que quieran sentirse más o justifiquen que merecen más. Todo es gracia.
Insisto, hermanos y hermanas, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar y fascinar por los ‘planes’ y ‘caminos’ de Dios, que como recuerda el profeta Isaías, en la primera lectura, no son nuestros planes y no son nuestros caminos (cfr Is 55,8). Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de ese dueño: la mirada de quien sabe que lo mejor para el obrero es trabajar en la viña, que espera el trabajo porque lo necesita, porque de ello depende su vida y por ello, el propietario lo llama, lo mira y lo llama, no importa la hora. Es una mirada llena de atención, de benevolencia; es una mirada que llama, que invita a levantarse, a ponernos en camino, porque quiere la vida para cada uno de nosotros, quiere una vida plena, comprometida, salvada del vacío y de la inercia. Dios que no excluye a nadie y quiere que cada uno alcance su plenitud. Éste es el amor de nuestro Dios, de nuestro Dios que es Padre.
Ante esta mirada, hermanos, ante este Dios que nos llama, no nos queda que levantarnos de nuestro pesimismo e ir a su viña; no nos queda más que responder, en el momento que Dios nos llame, no importándonos la paga, pues sabemos que será generosa: vayamos a la viña, seamos activos en el Reino, seamos misioneros, seamos los obreros de la primera o de la ultima hora, todos confiados en la bondad de quien nos llama a trabajar en el Reino de Dios Padre.
Por último, hermanos, permítanme dirigir de cualquier manera una reflexión de índole social o laboral. Estamos viviendo momentos muy difíciles a causa de la crisis económica ocasionada por esta pandemia y uno de los efectos dramáticos de esta crisis es ciertamente el desempleo. Millones de gente sin trabajo están respondiendo como en el evangelio hoy: «Es que nadie nos ha contratado». Esta realidad de hoy, también la vivió Jesús en su tiempo y, ciertamente no se mostró insensible ante este problema, todo lo contrario. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos hombres angustiados que, sentados en el suelo, esperaban ser «fichados» por algún patrón. El propietario de la parábola sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. Y esta es la enseñanza que pudiéramos aprender hoy. Nuestras sociedades capitalistas basan la recompensa únicamente en el mérito (a menudo más nominal que real) y en la antigüedad en el servicio, y no en las necesidades de la persona. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad. Que importante sería entender esta enseñanza hoy en nuestras relaciones laborales, en tiempos de crisis, en tiempos donde las necesidades son tan grandes. Buscar esa justicia al estilo de Dios donde lo que importa no es sólo el mérito, la competitividad, sino la necesidad del ser humano, del obrero, de la persona que debe vivir. Aprendamos hermanos de la visión de Dios, de la lógica de Dios y busquemos nuevos criterios para describir lo que es justo para nuestro mundo.

