
Homilía Dominical: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”
XXII Domingo ordinario A
“Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”
Queridos hermanos y hermanas, el domingo pasado Jesús nos invitada a dar una respuesta a una pregunta fundamental, en la cual, lo definiéramos, pero al mismo tiempo nos definiéramos ante su persona. ¿Quién soy yo para ti? En nuestra reflexión concluíamos que Dios no esperaba una respuesta teórica, formal, de catecismo, sino mas bien la respuesta de un enamorado que afirma “tu eres”, como decíamos, “ese “tú” puede encerrar la mirada abrazadora de dos personas que se encuentran, de dos existencias que se entrelazan, la conciencia de vivir el uno para el otro, como cuando la dicen dos enamorados mirándose a los ojos. ¡Tú eres…! Entonces, “tú” puede significar todo: el amor, el sentido de la vida, el interés prioritario, la felicidad encontrada finalmente, el gozo de estar vivos porque se está precisamente con ese “tú”. (Extracto de la homilía del XXI domingo ordinario A).
Hoy nuevamente la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con Dios desde el lenguaje del amor, de los enamorados. Y en ella Dios se presenta a nosotros como un “Dios seductor” en el sentido positivo de esta palabra. Es bello y atrevido este lenguaje, y nos puede ayudar a reformular nuestra propia experiencia de fe, una fe que es amor. También el Señor ha procurado enamorarnos, nos ha ido haciendo regalos, nos ha acariciado el alma, nos ha hecho sentir su cariño y compañía. Qué hermosa y al mismo tiempo fuerte pero real, la experiencia del profeta Jeremías en la primera lectura (Jer 20,7-9), él escucha la palabra en su interior y no puede resistirse a callar, es como un “fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía” (v. 9). La "palabra de Yahvé" lo ha herido, lo ha fecundado como a una madre y ya no puede olvidar el mensaje de Dios, el juicio radical, pero especialmente el amor que Dios tiene al pueblo. Todo esto sucede en la mente y en el corazón del profeta. En realidad, el profeta siente así a Dios: no puede resistirse. No olvidemos que los seducidos son siempre enamorados, apasionados, fascinados. Jeremías es un enamorado ante un Dios que lo “seduce”, lo guía, lo acompaña, lo envía, lo sostiene. Esta es la experiencia de todo enamorado de Dios, de todo santo, de toda persona que acepta responder como Pedro: “Tu eres”.
Al meditar este texto me venía a la mente una pintura de San Francisco Xavier, nuestro patrono, nuestro modelo de vida misionera, otro enamorado de Cristo; recuerdo muy bien esa imagen pues la vi por primera vez cuando yo era niño, adolescente, apenas entrando al seminario xaveriano, dejando a mi familia para seguir este camino. En esa imagen, está pintado el gran San Francisco Xavier, con un mapa en la mano, parado en una playa, mirando al horizonte, teniendo una cruz entre su cinturón y su sotana, y esta última, abierta en el pecho de donde le salían como llamas de fuego. Ese “fuego ardiente” del que habla Jeremías, ese “fuego ardiente” que llevó al gran “apóstol de las indias” a recorrer miles de kilómetros para anunciar el evangelio a los no cristianos, ese “fuego” que le impedía renunciar, a pesar de las dificultades y contrariedades, como en el caso de Jeremías, pero que no fueron impedimento para anunciar la palabra de “aquel que fue más fuerte que él”. En la pagina del evangelio de hoy (Mt 16, 21-27) recordamos aquellas palabras que “vencieron” al joven Francisco Xavier, lleno de ideales humanos, normales y comprensibles: “De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma?” San Francisco Xavier puede decir como Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste”.
Queridos hermanos y hermanas, Dios no deja de mostrarnos su amor y su predilección, a través de su Palabra, de sus sacramentos, de tantas personas, insiste en llamar nuestra atención, atraer nuestro amor, nuestra fe, nuestra voluntad. Él quiere encender en nuestras almas ese “fuego ardiente”. Él espera de nosotros una respuesta. ¿Qué respondes ante los intentos de Dios por “seducirte”? Ante su amor y su misericordia: ¿Qué dices?
Hablando de nuestra respuesta ante la “seducción de Dios”, San Pablo en la segunda lectura (Rm 12,1-2) nos exhorta a dar una respuesta “adecuada a la seducción de Dios”, que no puede ser otra que el ofrecernos nosotros mismos “como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios”. Seguimos en ese bello lenguaje, atrevido, pero que nos ayuda a entender que nuestra fe en Jesucristo no es solo ritualismo, formalismo o compromiso social; nuestra fe esta llamada a vivirse en esa dimensión profunda donde se construye toda una vida, una relación, un modo de ser, de vivir y de actuar, porque se vive a dos, porque se vive en función de la persona amada, porque se vive en comunión y el Dios de Jesucristo no es otro que el Dios amor, el Dios comunión.
Dejémonos pues “seducir”, como Jeremías, como San Francisco Xavier y tantos más, “dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente -dice San Pablo en la segunda lectura- para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto”.
Vivamos hermanos siempre de ese amor de Dios y vayamos a anunciarlo a todo el mundo.

