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14 Septiembre 2025
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La Palabra

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Alégrense conmigo…”

Lc 15, 1-32

Estimados hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos invitan a la alegría, “alégrense conmigo”, escuchamos por dos veces en el Evangelio (Lc 15,1-32), y es Dios mismo que nos hace esa invitación; San Pablo, en la segunda lectura (1 Tim 1,12-17) también, nos invita lleno de alegría y alabanza a reconocer la generosidad de Dios y su misericordia que hizo de él, el primero de los pecadores, un ministro de su palabra y un testigo de su misericordia.

En el evangelio, Lucas nos presenta tres parábolas, todas ellas tienen un rasgo común: la alegría, el ser y el permanecer alegres. La alegría es un don del Espíritu Santo, un signo que el Papa Francisco definía como ‘la respiración de un cristiano’, como su aliento vital: el cristiano tiene que ser alegre porque, él es un ser buscado, encontrado y perdonado por Dios, porque siempre encontrará en Dios misericordia y vida, por grande que sea su pecado. Hoy, pues, estamos llamados a descubrir y amar aún más a nuestro Dios por su misericordia.

Primer aspecto a meditar y alabar: la alegría en el corazón de Dios al perdonarnos. ¿Y por qué no?, meditemos sobre la alegría que debe existir en nosotros al perdonar. Si analizamos las tres parábolas del Evangelio, vemos como los personajes (el pastor, la mujer, el padre) pasan de la inquietud por el objeto perdido, es decir la oveja, o la moneda, o el hijo menor, a la alegría compartida por el feliz hallazgo; decía la primera parábola: “alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja, o la moneda en la segunda parábola; “era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado…”, decía la tercera parábola. He ahí el verdadero sentido de estas parábolas: la alegría por el hallazgo del precioso objeto perdido. Esta, hermanos, no es solo la historia de un joven rebelde que se perdió en su egoísmo y perversión, sino el retrato del corazón del Padre: de un Dios que ama, espera, perdona y abraza.

Hermanos, hermanas, estas parábolas nos invitan a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. La cuestión es por demás práctica y existencial, pues se trata de descubrir la actitud que Dios tiene ante nosotros, sobre todo cuando caemos en pecado, cuando hacemos el mal. La pregunta que nos podemos hacer es simple: ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado que cometo yo? ¿Qué cometen los demás? Dejémonos sorprender por la respuesta que Jesús nos da a través de estas parábolas. En nuestros días, son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores.

Las lecturas nos hablan de pecados, por demás fuertes y tan actuales. En la primera lectura (Ex 32,7-11.13-14) se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo, segunda lectura, Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos de haber perseguido a Cristo y define tres pecados que lo identificaron: “blasfemo, perseguidor, insolente”. En el evangelio, personificado en el hijo pródigo, aparece el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta. Bueno, ¿cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? He ahí la pregunta que nos interesa.

Ciertamente, la respuesta es una: la misericordia, una misericordia gozosa, “alégrense conmigo”, una misericordia activa y comprometida. Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, ni mucho menos se muestra castigador y justiciero. Les invito a descubrir algunos rasgos de su misericordia; admiremos, gocemos y busquemos también nosotros asumirlos ante los demás.

Primero, meditemos en la manera como Dios reacciona ante nuestra falta. Su corazón es sensible ante lo que hagamos, incluso el mal. El ser humano es la razón de su alegría, incluso, el pecado, la falta no le quita a Dios su alegría; su sensibilidad y su amor le dan la disponibilidad para abrirse ante el pecador arrepentido y alegrarse por su cambio. Cada uno de nosotros es precioso para Él, y cuando alguien se le pierde por el pecado, vive como “obsesionado” con tal de recuperarnos. Y hará lo que sea por lograrlo…, dejará las 99, allá en el cerro, solas, por ir a buscarnos…volteará toda la casa por buscar esa su moneda.

Segundo: En las tres parábolas hay otro símbolo importante para comprender el corazón de Dios: el objeto perdido se convierte en prioritario, sea la oveja, como la moneda, se vuelven en el centro de atención, se deja todo por ellos, no importa ya la ofensa recibida, el mal hecho. También el hijo menor de la tercera parábola, se vuelve en el centro de atención; el padre lo espera, está atento a su regreso, pide por él, vela por esperarlo y cuando se ve a lo lejos, corre a abrazarlo y nuevamente le da la dignidad de hijo, lo viste, le pone calzado, porque él es prioritario, incluso la falta cometida, no importa o su excusa o pedida de perdón, tampoco importa, solo lo abraza, lo besa, le regresa su dignidad y hace fiesta. Incluso con el hijo mayor que no quiere entrar a la casa, el padre, sale del banquete, deja la fiesta, deja todo para ir al encuentro de su hijo mayor, también él perdido, aunque nunca abandonó la casa paterna, pero estuvo lejano del corazón de su padre. El objeto perdido se vuelve prioritario, así es Dios ante nosotros cuando “nos perdemos” en el orgullo y en el pecado; la misericordia de Dios nos convierte en ese objeto precioso, centro de todas sus búsquedas y atenciones.

Tercero: y cuando Dios encuentra su objeto precioso perdido, hay fiesta, la fiesta en el corazón de Dios, en el cielo, “la fiesta de la misericordia”, la alegría de la misericordia. La razón o motivo de la fiesta está por demás claro: “porque se ha encontrado lo que estaba perdido”, se festeja entonces la recuperación, el regreso, la llegada y el poder recuperar sano al hijo que se creía muerto. La parábola insiste en que se tiene que celebrar el regreso; la celebración del regreso de quien ha fallado y la alegría por su conversión tiene como objeto crear un ambiente para que, quien regresa, sea reintegrado a la familia; la misericordia del padre de Familia reintegra a quien estaba perdido; ante aquel muchacho que quiere llegar como uno de los jornaleros, es decir como un asalariado, el padre lo recibe como un hijo; aquel que pensaba que no era digno de llamarse hijo, encuentra un verdadero padre.

Hermanos, hermanas, ese es el Dios de Jesucristo, ese es nuestro Dios; no el Dios de la primera lectura que quiere castigar a su pueblo, que quiere descargar su ira contra el pecador. Jesús nos revela hoy el verdadero corazón de Dios Padre; creamos en él, sintamos y adoremos ese corazón sensible de Dios. Descubrámonos objeto precioso de todas las búsquedas de Dios y dejémonos abrazar por su misericordia. Alegrémonos con él por cada uno de nosotros, beneficiarios de su misericordia. Acerquémonos a él, que es misericordioso y gocemos de la fiesta de su misericordia. No tardemos en regresar, en convertirnos, en alcanzar lugar en ese banquete de la misericordia donde todos somos hijos suyos.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

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