
Si eres el Hijo de Dios…
Estimados hermanos y hermanas, hoy es el primer domingo de Cuaresma, y la liturgia nos exhorta, como cada
año, a vivir este momento de gracia, este momento “propicio” para renovar nuestras vidas. El tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio, favorable, para afinar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana, y recibir la siempre nueva, alegre y esperanzadora noticia de la Pascua del Señor. La Iglesia nos propone prestarle especial atención a todo aquello que pueda enfriar y oxidar nuestro corazón creyente. Es un tiempo propicio para cambiar de mentalidad, de criterios, de actitudes y de hábitos rutinarios que ya nada nos aportan (esto es la «conversión»), de modo que la verdad y la belleza de nuestra vida no se centren tanto en el poseer
como en el dar, no tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir, no tanto en mí mismo, como en los otros, sobre todo en el Otro, con mayúscula, en Dios y su presencia siempre amorosa y vivificante para nosotros.
Como cada año, al inicio de la cuaresma, la liturgia nos invita a reflexionar sobre ese combate propio de nuestra vida cristiana, así como lo vivió Jesús en el desierto y aprender de él para salir victoriosos, para triunfar sobre el tentador y llevar una vida siempre sintonizada con el proyecto de Dios. En efecto, gracias a nuestro bautismo hemos recibido al Espíritu Santo que dinamiza la existencia de cada uno de nosotros para llevarnos a alcanzar la plenitud de vida al ejemplo y bajo el modelo de Jesus. Nuestra vida cristiana tiene ese objetivo, que lleguemos a ser otros cristos, que lleguemos a ser verdaderos hijos de Dios. Las tentaciones, que están siempre presentes en nuestras vidas, las entendemos como ese elemento distractor que busca obstaculizar dicho
dinamismo y frustrar la plena adquisición de la imagen del Hijo por parte de cada discípulo y de la comunidad toda. El relato de Lucas (Lc 4,1-13) da las pautas a partir de las cuales se puede superar exitosamente la tentación e iniciar el camino del seguimiento. Les invito a reflexionar sobre estas pautas y a comprometernos a usarlas para vencer al tentador y seguir, como Jesus, nuestra misión en este mundo.
La primera tentación nos recuerda esa actitud reduccionista por la que el hombre considera las necesidades materiales como el absoluto de su existencia. Es una tentación que toca las fibras mas sensibles en la búsqueda de seguridad por parte del corazón humano. Todos experimentamos ese imperativo de saciar nuestras necesidades materiales; somos seres “insuficientes”, siempre necesitados. La tentación consiste en incitar al Mesías a utilizar su poder para garantizar su propia individual subsistencia procurándose directamente dichas cosas, olvidándose de lo demás. Solo cuenta lo material para saciar tus necesidades y alcanzar felicidad. La respuesta de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre” es una invitación a levantar la mirada más allá del ámbito
de la precariedad material para descubrir otros niveles mas profundos a los que hay que atender con mayor empeño. El hombre necesita más que pan; la trascendencia, los valores humanos y espirituales deben formar parte de su compromiso por alcanzar la plenitud. El materialismo siempre nos mantendrá lejos de una vida plena y de una realización total en nuestras vidas.
“Me ha sido entregado todo el poder…todo esto será tuyo si te arrodillas y me adoras…”; la segunda tentación es la del poder, quizá la tentación mas implacable a la que se enfrenta el espíritu humano. Todos, en un sentido u otro, somos alcanzados por esta tentación, en familia, entre esposo y esposa, en el trabajo, en nuestras relaciones; no es necesariamente una tentación exclusiva de los políticos o autoridades; todos de una manera u otra caemos en la idea de no necesitar a los demás, de no importarnos al otro, de ser autosuficientes, incluso de Dios mismo. Ante esta realidad, Jesus ofrece la única alternativa verdaderamente liberadora: “Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás…”. La adoración significa el reconocimiento de Dios como instancia última que polariza el dinamismo del corazón humano hacia un horizonte verdaderamente trascendente; reconocer a
Dios y servirlo ayuda al hombre a superar sus limites que su misma existencia le impone y superarlos en el servicio a Dios, a la naturaleza y al prójimo. Reconociendo a Dios como nuestro Señor, todas nuestras cualidades y limites se transforman en una oportunidad para servir, para transformar las realidades de muerte y hacer de nuestras vidas un canto de adoración a Dios y no una existencia obscurecida por el egoísmo, el individualismo y el poder.
La tercera tentación esta estrechamente ligada con la segunda, de hecho, la expresión máxima de la tentación del poder es la de ejercer dicho poder o dominio sobre la realidad misma de Dios. Es querer “manipular” a Dios poniéndolo al servicio de nuestros propios caprichos o visiones; en pocas palabras es la idolatría del yo, haciendo a Dios un siervo más que adula nuestro ego. Esta tentación cambia esencialmente nuestra relación con Dios, ya no un Dios por el cual existo, sino hacer que exista “dios” para mí, para satisfacer mis necesidades y soslayar mis frustraciones. La respuesta de Jesus es: “No tentarás al Señor, tu Dios…”. Sólo en la medida en la que el ser humano descubra esta fundamental orientación de su existencia al servicio de Dios, podrá verse
libre, no sólo de toda tentación de poder, sino de todo aquello que le impida desarrollarse plenamente. El reconocimiento de nuestra realidad de creaturas, finitas, frágiles y tambien capaces de llevar una misión en el mundo otorgada por un Dios que es Padre amoroso, misericordioso y que confía en nosotros, es la mejor manera de superar esta tentación. Como decía San Francisco Xavier, al llevar una vida “toda de Dios, toda de nosotros mismos y toda del prójimo”, alcanzaremos a vencer al tentador y alejarlo de nuestras vidas.
Hermanos y hermanas, vivamos este tiempo propicio para vencer toda tentación que nos encierra en nosotros mismos, en la búsqueda de nuestro propio interés, que nos hace refugiarnos en el individualismo egoísta y en la indiferencia hacia los otros, sobre todo ante Dios Padre. La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor y hacer de él nuestra razón de vivir. No quisiera terminar esta reflexión sin recordar lo que el papa Francisco nos invita a vivir durante esta cuaresma 2022: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Gálatas 6,9-10a), nos dice en su mensaje y propone tres ideas concretas: “No nos cansemos de orar. No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo”. (Mensaje para la cuaresma 2022, papa Francisco).


