
“Aquí hay un muchacho que trae cinco panes y dos pescados…”
Queridos hermanos y hermanas, el domingo pasado meditábamos sobre la actitud compasiva de Jesús, que al ver multitud que andaba “como ovejas sin pastor”, se puso a enseñarles muchas cosas. Jesús nos invitaba a abrir los ojos y ver a aquellos hermanos necesitados de nuestra compasión, esas “ovejas de nuestro tiempo” que tambien andan vagando sin ser escuchadas ni guiadas y llevarlas ante el Buen Pastor, que es Jesús.
Hoy nuevamente el evangelio (Jn 6,1-15) nos pone frente a la compasión de Jesús que ve como una multitud lo sigue y se pregunta: “¿Cómo compraremos pan para que coman todos estos?”. Esta experiencia de compasión y de cuestionamiento lo vive el profeta Eliseo en la primera lectura (2 Re 4, 42-44) “¿cómo voy a repartir estos panes (20) entre cien hombres?”. Tanto en Jesús como en el profeta Eliseo es notoria la sensibilidad que manifiestan hacia las personas que han acudido hasta ellos. Han pasado un tiempo con ellos, han escuchado la enseñanza, ya es hora de regresar a sus casas, pero no han comido; tienen hambre y, tanto el profeta como Jesús no quedan indiferentes ante esta necesidad. Quizá sea esta la primera actitud que estamos llamados a descubrir y reflexionar, esta sensibilidad del hombre de Dios ante el sufrimiento y la necesidad del otro. Dios, que es el mismo Amor, no es insensible ni impasible ante los sufrimientos y necesidades de hombres y mujeres. Dios no es un ser solemne y distante, como lo eran las divinidades del mundo antiguo, sino un ser cercano, compasivo y misericordioso, sensible y atento a todo aquello en lo que está en juego la vida. Pues la vida, sobre todo la eterna, es lo importante. Garantizar la vida es prioridad indiscutible del Dios cristiano.
Retomando el evangelio, la gente que ha acudido a Jesus necesita comer. Y Jesús cuestiona a Felipe, quién representa a la Iglesia. Le pregunta sobre qué hacer para satisfacer dicha básica necesidad. Felipe, que nos representa y que ciertamente afirma eso que tambien nosotros afirmamos cuando somos sensibles y vemos el hambre de tantas personas en el mundo, no logra pues encontrar la respuesta, no hay medios que alcancen. “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo”, dice él. Surge “una posibilidad”, y es aquí donde los invito a reflexionar y a encontrar respuesta de lo que Dios nos pide hoy, a nosotros los creyentes de este siglo tan marcado por la desigualdad, la injusticia, el hambre y la necesidad de millones en el mundo. Hoy por hoy, a pesar de tanta tecnología y tanta capacidad del ser humano para producir alimento, millones de seres humanos sufren el hambre. Y ante ello debemos reaccionar como Jesús, siendo sensibles, pero tambien actuando. A pesar de tener solo “cinco panes de cebada y dos pescados”.
“Un muchacho”, dice el evangelio pone a disposición lo que él trae: cinco panes, dos pescados. Ese “muchacho”, representa nuestra Iglesia joven que no tiene mas que ofrecer que lo mas sagrado que ha recibido: el pan y el pescado. Estos dos “alimentos” representan eso que podemos ofrecer al mundo de hoy. Los panes o el pan siempre que aparecen en el Nuevo Testamento, hacen alusión a la Eucaristía. Hermanos, para saciar el hambre de la humanidad debemos ofrecer al mundo la Eucaristía, pero aquí no me estoy refiriendo a “la misa”, a multiplicar misas aquí y allá. Hablo de la Eucaristía como ese “pan de la vida” que une, ese pan que hacía que los discípulos de la primera hora se encontraran y pusieran todo en común. Para los primeros cristianos la Eucaristía lo era todo: garantía de permanencia del y con el Señor, experiencia de comunión de vida y de bienes, de identidad y de destino. La Eucaristía es, ante todo, la experiencia de ágape fraterno, que permite acercarse a los lejanos y hermanarse a los extraños. La Eucaristía es el milagro de la fraternidad. Hermanos, el milagro de Jesús no sólo consiste en darles de comer. Lo más importante es que consigue hacer de aquella multitud una familia que, sentados juntos, comparten la comida. Hace de ellos una fraternidad. Por eso termina sobrando comida. Si no se hubiese dado ese cambio cualitativo en la relación entre aquellas personas, no habría sobrado nada. Seguro que todos hubiesen luchado por acaparar toda la comida posible. No habrían hecho más que mirar por sus intereses, por saciar su hambre, la de entonces y la del día siguiente. No había ninguna razón para compartir con los otros. Pero se produce el milagro. Jesús les hace descubrir que, al compartir el pan, se empieza a vivir de una forma nueva, que el bienestar del otro es la condición de mi bienestar, que en familia es mucho más fácil satisfacer la necesidad y que termina por sobrar pan. Es esta la Eucaristía que debemos llevar a las personas de nuestro tiempo, que debemos vivir en nuestra sociedad, este cambio de mentalidad, de corazón ante los “cinco panes y dos pescados”, ante los bienes de este mundo.
Déjenme decir tambien algo sobre “los dos pescados”, también “necesarios” para una verdadera alimentación. Ellos tambien representan ese “alimento” que debemos ofrecer al mundo de hoy. Los dos pescados hacen alusión a otro gran símbolo de los primeros tiempos del cristianismo. En griego, la palabra “pescado”, se dice “Ixthus”, palabra que simbolizaba los mas esencial y fundamental de la fe. Cada una de las letras de esta palabra formaban una especie de acróstico de la fe cristiana primitiva: Iesus Xristós Theú Uiós Sotér (Jesús, Mesías, Hijo de Dios, Salvador). Esta es la fe que sostiene el caminar de los cristianos, el alimento que nos da vida y que debemos compartir con el mundo. El verdadero alimento es la fe en Jesús el Cristo, es decir el mesías, aquel que colma el hambre de la humanidad, que da al hombre de todos los tiempos la plenitud, la vida. El hijo de Dios, el Salvador que la humanidad necesita para recuperar su dignidad, su capacidad de amar, de compartir, de vivir.
Hermanos y hermanas, hoy tambien Jesús toma esos panes y esos pescados y nos los da para repartirlos a la gente de nuestro tiempo, también abatida por el hambre de bondad, de amor, de solidaridad. Es el pan de la fraternidad y el pescado de la fe en Jesús, Salvador que estamos llamados a ofrecer, a multiplicar y a repartir hasta saciar el hambre de toda la humanidad. Como conclusión y compromiso, preguntémonos: ¿cuál es mi actitud ante las enormes multitudes de hombres, mujeres y niños hambrientos de pan y de dignidad en el mundo y en el espacio concreto donde me muevo? ¿cuál es mi aporte personal? ¿cómo ayudo a construir un mundo donde se haga verdad y realidad el Reino de Dios?

