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P. Rafael Aguilar Flores sx

Dios precede al misionero

Octubre es el mes de las Misiones, muchas comunidades del mundo organizan colectas, jornadas de oración y actividades para recordar que la Iglesia existe para anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Desde Abraham, llamado a dejar su patria, hasta los discípulos enviados por Jesús a todas las naciones, la misión comienza siempre con un movimiento que implica salir de uno mismo para encontrarse con el otro.

El libro de los Hechos de los Apóstoles muestra a San Pablo llegando a Atenas. Pero, antes de predicar, observa la ciudad, conoce sus costumbres y dialoga con quienes piensan de manera diferente (cf. Hch 17, 22-28). La misión auténtica nunca comienza con el desprecio hacia la cultura del otro. Comienza con el respeto y el deseo sincero de comprender. El misionero sabe que no llega a un terreno vacío, sino que Dios siempre lo precede.

Tailandia es una nación donde la mayoría de la población practica el budismo. Los templos forman parte del paisaje cotidiano, y valores como el respeto, la gratitud y la búsqueda de la armonía ocupan un lugar importante en la vida de muchas personas. Para un cristiano, estas expresiones culturales y religiosas representan una oportunidad para descubrir cómo Dios sigue sembrando en el corazón humano el deseo de la verdad y del bien.

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Es verdad que existen diferencias importantes entre el cristianismo y el budismo. Los cristianos creemos en un Dios cercano que nos ama y se ha revelado plenamente en Jesucristo. Los budistas siguen las enseñanzas de Buda y buscan el camino que conduce a la liberación del sufrimiento. Sin embargo, es posible descubrir elementos y valores que compartimos mutuamente. Pues la misión no consiste en ganar discusiones religiosas sino en dar testimonio de Cristo con la propia vida.

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Cuando algunas personas descubren que soy sacerdote católico, me preguntan por qué he dejado mi país para vivir tan lejos de mi familia. Esa pregunta abre una puerta para compartirles que Cristo nos amó primero y nos envía a compartir ese amor con todos los pueblos. Al observar nuestra manera de servir, de amar y perdonar, nos preguntan quién nos ha enseñado ese modo de vivir.

México y Tailandia están separados por miles de kilómetros, idiomas diferentes y tradiciones distintas. Sin embargo, cuando contemplo la fe de las comunidades mexicanas que rezan por las misiones y la apertura de las personas que encuentro en Asia, comprendo que la unidad es posible y que la Iglesia es verdaderamente universal.

Desde Bangkok, en este Mes de las Misiones, doy gracias por la Iglesia de México, que durante generaciones ha enviado sacerdotes, religiosas y laicos a distintos rincones del mundo. Ruego al Señor que siga despertando corazones generosos capaces de responder a su llamada. La misión no es una actividad más de la Iglesia, es su verdadera esencia, es el camino directo para amar y encontrarse con Dios, porque Dios precede al misionero.

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