Te has preguntado alguna vez en tu vida ¿qué significa ser santo?, ¿si ser sano es algo aburrido o algo lejano a nosotros o será que es algo que puede hacer que tu vida sea más plena y feliz? El 1 de noviembre celebramos el día de Todos los Santos, meditemos sobre esta vocación a la que nosotros como bautizados somos llamados.
La verdad es que ser santo no es algo que esté reservado para unos pocos elegidos, aquellos santos que desde niños conocimos y oímos mencionar en nuestra familia, en nuestra iglesia como modelos e intercesores, sino que todos podemos ser santos.
Ser sano significa vivir una vida que refleje el amor y la bondad de Dios, significa ser una persona que quiere y busca hacer el bien, que se preocupa por los demás, sin imaginar ser perfectos, sino que a partir de nuestros errores y de nuestros defectos, nos esforzamos por ser mejores cada día y que confiamos en la presencia de Dios para superar nuestros límites y fallas.
Es cierto que la felicidad es un argumento que nos interesa a todos, que nos preocupa, y buscamos de obtenerla; basta recordar al joven que se acerca a Jesús para preguntarle: “Maestro bueno ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?” Esta pregunta deja entrever la verdadera preocupación del joven, es como decir ¿qué tengo que hacer para salvarme, para ser santo, para ser feliz? Sin duda, todos queremos ser felices. Aunque a veces no sabemos cómo llegar a ello. Aunque somos conscientes que la felicidad no la encontramos en las cosas materiales ni en la fama, sino en la paz interior, en el sacrificio constante, en el sentido que le damos a nuestra vida, en la conexión constante que tenemos con Dios. Cuando vivimos una vida más comprometida con el amor de Dios, nos da un sentido de paz y felicidad profundas.
¿Qué hacer entonces para celebrar el Día de Todos los Santos y alcanzar la felicidad y al mismo tiempo la santidad? Es necesario cuidar nuestra relación con Dios; inspirarnos en la vida de los santos, ver cómo ellos en su tiempo, en su realidad lograron corresponder al amor de Dios; dejémonos guiar por la Palabra de Dios; recibir su gracia en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía; hacer el bien sin mirar a quién, sin duda es una frase muy conocida, pero en sí es buscar las oportunidades para servir a Dios a través de las necesidades del prójimo; perdonar, saber sanar nuestro espíritu para vivir en la paz de Cristo Resucitado; ser humildes, reconociendo que somos limitados y necesitamos de los demás para ver la presencia de Dios en nuestra vida.
Ser un santo feliz no es algo que se logre de la noche a la mañana, sino que es un proceso que requiere dedicación y esfuerzo, esto vale la pena porque la recompensa es una vida plena, en paz y feliz.




