El Padre José Rostí nació el 3 de abril de 1934 en Brembate, Italia. Hijo de Calixto Rosti y Lucia Pasera. Fue en el seno de su familia que aprendió la obediencia, a tener fe en Dios y a trabajar. Dado que José no quería estudiar la secundaria lo mandaron a trabajar a una tienda. Después que el dueño lo dio de baja, mostró y puso en práctica sus habilidades en la construcción y mantenimiento de colchones y muebles. A los catorce años ya tenía su propio taller. Trabajó hasta los veintisiete años, excepto el año y medio de servicio militar como granadero en Roma.
Desde su juventud frecuentaba la Eucaristía. Fue encargado de la catequesis y presidente de la Acción Católica. Deseaba que alguien lo animara vocacionalmente, pero nadie lo hacía, hasta que se encontró con el Padre Fontana, misionero xaveriano. Después de ese encuentro, en quince días José decidió irse al seminario. Su papá le dijo: “Si te vas ya no hay retorno”. Sus hermanas lloraron su partida y así comenzó su historia como misionero xaveriano.

Llegó al seminario de Piacenza el 2 de octubre de 1962. Después de haber hecho su noviciado emitió su primera profesión religiosa el 3 de octubre de 1965. Posteriormente cursó los estudios teológicos en Parma haciendo su profesión perpetua el 29 de marzo de 1971. Fue ordenado sacerdote el 26 de septiembre del mismo año. El Superior Generala le comentó que había un lugar en México. Le pregunto: ¿Te vas? A lo que el P. José pregunto: ¿Cuándo? La respuesta fue: lo más pronto posible. El P. José se comunicó con el P. Bruno Calderaro quien ya se encontraba en México y le dijo: Hace falta quien nos apoye para poder concluir la construcción del seminario menor de San juan del Río, Qro. Llegó a México en la madrugada del 2 de agosto de 1972.
Su primera destinación fue la comunidad de San Juan del Río, Qro, le pidieron que se encargara de la economía cuando todavía estaba en construcción el seminario y el colegio. Posteriormente fue destinado a la comunidad de Santa Cruz en la Diócesis de Huejutla, Hidalgo fundada por el P. Aquiles Figini el 29 de octubre de 1974. El P. José Rostí llegó a la comunidad en enero de 1975. La gente lo recuerda como un hombre de carácter fuerte y siempre trabajando.

En 1979 es destinado al noviciado de Salamanca como ayudante del maestro de novicios. En cuanto llegó a Salamanca, puso manos a la obra para completar la construcción de la casa, la formación de los estudiantes y el trabajo pastoral. Una de sus obras destacadas fue la elaboración de un catecismo para la formación cristiana básica sea de los niños como para catequistas. Esta obra logró impactar positivamente la formación cristiana de los niños de la ciudad y las comunidades rurales.
En 1983 nuevamente fue destinado como ecónomo al seminario menor de San juan del Río, Qro. Y el 15 de agosto de 1985, los PP. José Rosti y Ángel Milán con el diácono Ricardo Pescador y los estudiantes de teología Margarito Escobar y Eugenio Juárez fueron destinados a la nueva misión de Acoyotla, Hgo. Llegaron a la comunidad el 18 de octubre de 1985. El 6 de noviembre del mismo año, el Sr. Obispo, acompañado de algunos sacerdotes diocesanos, fue a Acoyotla para darle el cargo de primer párroco del lugar al P. José Rosti.
En 1990, el P. José fue nombrado ecónomo regional y de la casa de Guadalajara. Al igual que en las destinaciones anteriores, se ha entregado generosamente al acompañamiento espiritual de muchas personas ya sea personalmente como en sus grupos de biblia, al cuidado de los enfermos en el hospital del Carmen, al servicio de los hermanos en la comunidad y el ministerio entre los presos y los que tienen alguna adicción y quieren superarse. Así nació su última gran obra social que llamó México Me Necesita donde hoy en día muchos jóvenes y adolescentes se recuperan de sus adiciones tanto física, moral y espiritualmente. Una obra que sin duda ha costado muchos esfuerzos al padre Rosti como a los laicos que creyeron en el proyecto.
Para esta ocasión el padre Rosti nos dice: “En estos 50 años puedo decir que mi vida ha sido dura, pero hermosa porque no hay nada más hermoso que mi consagración misionera. Es cierto, sufrí y lloré; pero, sobre todo he recibido muchas gratificaciones. Cerré los ojos y me abandoné en Dios respetando su voluntad. He pasado haciendo lo que me parecía era lo mejor. No lamento como viví, aunque pude haber vivido mejor. Por eso, pienso que estos 50 años de sacerdocio han valido la pena. Ahora. Le doy gracias por el don de la enfermedad, me encomiendo y abandono a Dios. Pido perdón a los hermanos por mi carácter fuerte, especialmente las ocasiones cuando me altero”.





