En los portales de internet y redes sociales regularmente hay un sin número de personas que destacan por su imagen, aptitudes, ideas descabelladas, pero de vez en cuando encontramos historias de gente que por sus buenas acciones nos hacen recobrar el sentido de que el compartir la vida con los demás siempre es más grato que recibir. Esta es la historia de un sacerdote español que acompañaba a una fragata navarra en el mar Mediterráneo para auxiliar a las personas que a causa de la guerra han tenido que abandonar sus países buscando refugio en Europa.
El padre Alberto Gatón fue temporalmente capellán de la tripulación en una fragata navarra, que es uno de los servicios que la Iglesia ofrece para ayudar al prójimo también en alta mar. Durante la operación Sophia, en cinco meses de servicio han rescatado en situación de naufragio más de 3,000 personas. El padre Alberto ha comentado que es frecuente que venga un temporal y, si no hubiéramos estado allí, sin duda hubieran muerto.
La guerra y el desplazamiento forzado es hoy día una realidad que no se puede ignorar, el prójimo es el hermano próximo, pero también es aquel que está cruzando nuestra frontera, aun cuando en algunas ocasiones no queremos voltear para ver su realidad. Salvar una vida o ayudar a una persona en una fuerte necesidad quizá no nos hace santos en un santiamén, pero deja huella en aquella persona a la que se le tendió la mano. Es un hecho providencial el que ese barco salve las vidas de tantos que huyen de su tierra a causa de la dureza de corazón y la avaricia de algunos. Es a través de estos marineros que Dios manifiesta su poder, ya que hay que estar en el lugar exacto y en el momento oportuno para salvar una vida. Esta forma de actuar es para nosotros un ejemplo para no dejar pasar ninguna oportunidad para hacer el bien.
El mismo padre Alberto dice: hasta ver a qué punto llega en este mundo la maldad del corazón, que al olvidarse de Dios es capaz de enviar a niños pequeños, a madres embarazadas y a bebés en lanchas neumáticas que son como cajas de zapatos, ataúdes flotantes, sin más destino que rescatarlos o perderlos.
El cristiano debe descubrir que la grandeza del amor de Dios se manifiesta en cada uno de nosotros, ya que podemos ser los brazos de Cristo, que consuela, que sana, que rescata, que auxilia, que da abrigo, que acompaña, que sonríe, que da esperanza y alienta. El tiempo de cuaresma es un tiempo propicio para no olvidar que Dios está contigo y te necesita, sea en alta mar o tierra firme, en el campo o en la ciudad, en los acontecimientos importantes como en la vida de todos los días. Tú puedes ser la mano que Dios tiende a aquellos que más lo necesitan.



