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P. Juan Juárez

¿Es el fin de la misericordia?

Estamos por terminar un año que quizás para algunos de nosotros ha sido especial, ya que tal vez nos haya permitido experimentar la misericordia de Dios a través de la confesión, para poder cruzar la puerta santa de alguna iglesia y obtener la indulgencia plenaria que el Papa Francisco ha concedido con motivo del Jubileo.

 

 

Y como es normal en la vida, todo lo que comienza tiene un final, así también el próximo 20 de noviembre, mediante el rito de clausura, cerrando la puerta santa se dará por concluido este tiempo de misericordia que Dios nos ha concedido. Pero nos podríamos preguntar: ¿terminado el Año de la Misericordia, significa que ya no debemos seguir siendo misericordiosos, ni seguir experimentando la misericordia de Dios? ¿Es el fin de la misericordia?

Por supuesto que no. Si en este año hemos experimentado y vivido la misericordia de Dios, nos debería ayudar, como invitaba san Guido a sus feligreses, a tomar nueva energía y vigor en el camino de la vida cristiana y reafirmar nuestra alianza con Dios, a llevar nueva vida a nuestra fe, nuevo ánimo, nuevo entusiasmo a nuestros corazones, que nos ayude a sentirnos hermanos.

Debemos seguir experimentando la misericordia que nos anime a romper las barreras para conocer a Jesús, como Zaqueo, que, al encontrarse con Él, se sintió aceptado como persona y recuperó la confianza en sí mismo. Por otra parte, ese encuentro con Jesús en el cual hemos experimentado cómo nos perdona nuestras faltas, nos debería llevar a perdonar a los demás, ya que forma parte de las exigencias que Jesús da a los que quieren seguirlo.

El haber experimentado la misericordia de Dios, no se debería quedar en el baúl de nuestros recuerdos, sino que nos debería ayudar a ponerla en práctica a través de la lista de las obras de misericordia que la Iglesia nos propone. Una lista que nos ayuda a ser misericordiosos no solo con los que convivimos diariamente, sino una misericordia que alcanza también a aquellos que ya nos han dejado. Ya que orar por los difuntos, es señal de una profunda fe en la infinita misericordia de Dios, incluso para los que han dejado esta vida terrenal, es demostrar que tenemos fe en la cruz de Cristo y que esperamos en su infinito amor.

Ojalá que la bienaventuranza dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia, nos siga animando en nuestra vida, para que los demás vean en nuestro rostro, el rostro de la misericordia, como lo decía el Papa Francisco en su bula de convocación del Jubileo.

Bien sabemos que vivir esta bienaventuranza no siempre es fácil, pero en esos momentos de desánimo tendríamos que recordar que todo vale la pena si es por la misión que Dios nos ha encomendado, seguramente el padre Felipe nos animaría diciendo: Si crees en ti mismo y en Dios todo lo podrás.