¿Se podría presentar brevemente?
Me llamo José de Jesús Romero, para los cuates Chuy; nací un 14 de octubre de 1951, en Cortázar, Gto. Disfruto de los beneficios que ofrece la credencial del INAPAM; Mi itinerario de consagrado misionero se puede repartir en tres servicios: 10 años en el Zaire, (ahora República Democrática del Congo), 11 años en el gobierno, ya que fui Superior de la Región Xaveriana de México, y 14 en la formación.
¿Nos podría decir cómo fue que llegó al seminario xaveriano de san Juan del Río?
Cursaba el 5° de primaria en el Colegio Fray Pedro de Gante cuando pasó el franciscano Mariano Paulin, y si por un lado sentí la inquietud vocacional por otro sentí un miedo tamaño familiar; dejé pasar esa ocasión sin saber si se volvería a presentar. Al año siguiente apareció el padre Alfredo Spigarolo, promotor xaveriano, se presentó en el salón de clase, sin duda por primera vez, era joven, lleno de entusiasmo misionero, venía de lejos para hacer sentir la llamada del Señor para la misión,
¿Qué fue lo que le motivó a aceptar la invitación?
La misión me sonaba interesante, no puedo negar que soñé con los ojos abiertos en tierras lejanas, ¿por qué no intentar esta maravillosa aventura?
¿Cuál fue su primera impresión al entrar al seminario?
Iniciar una aventura llena de locuras, ir a lo desconocido, fuera de la familia y de la casa paterna, con otros 15 semis que no sabíamos a lo que le tirábamos, encontrar un seminario que estaba en construcción, un cascaron enorme donde uno se perdía, solo contábamos con un enorme dormitorio, en esta situación encontramos la cálida hospitalidad de Doña Isabel Romero que nos ofrecía los alimentos en su casa y participábamos a la celebración eucarística en el Santuario.
¿Qué dificultades encontró?
Estas iniciaron antes de ingresar, María mi mamá estaba convencida de que el padre Alfredo pasaría por nosotros a casa para acompañarnos al seminario, mientras que eran los papás quienes deberían llevarnos a San Juan en la fecha establecida.
Pero como era entre semana, María y Lalo, mis papás me llevaron hasta el domingo, por este motivo me borraron de la lista, pero loa padres encontraron una solución, inscribirme en la escuela nocturna Antonio Caso. Yo asistía a la escuela junto con Arturo Plaza, que nos hacíamos compañía, entrabamos a la 6.00 pm y salíamos a las 10.00 pm. Haciendo diario nuestro paseo nocturno a lo largo del Río San Juan.
¿Alguna anécdota interesante de aquella época?
Un domingo al mes teníamos la visita de los papás, ellos que tienen siempre buena memoria y un gran corazón nos llevaban aquello que nos gustaba, la mayoría lo poníamos en común, pero había dos que tres que ponían sus tesoros bajo llave, espontáneamente se formó un grupo de la CIA, que vigilaba para saber dónde se guardaban las llaves y cuando las encontraron, simplemente hicieron arte de magia, desaparecieron las cosas agradables al paladar.
¿Qué recuerdos tiene del día en que se inauguró el seminario?
La inauguración del seminario se tuvo el 21 de diciembre del 68, dos años después de que la primera generación había iniciado el camino misionero, la celebración fue muy sencilla, no fue multitudinaria, la mayoría de los presentes gente sencilla y con una fe y entrega sin medida. Como la sencillez va de la mano con la alegría, todos la disfrutamos mucho.
¿Qué significa para usted ser el primer xaveriano ordenado salido de este seminario?
Son muchos los sentimientos que llevo en el corazón, cabeza y piel, sin embargo, quiero subrayar uno solo, el ser pionero. Dios ha querido que sea parte de los iniciadores en varios momentos de la presencia, camino e historia de los Xaverianos en México. Cuando el Señor llama a los de la primera hora, los bendice con un sin número de dones: corazón grande, audaz, imaginación, iniciativa, fortaleza para abrir brecha, generosidad, alegría y confianza en todos, especialmente en los humildes.
¿Algún mensaje que quisiera transmitir a los adolescentes que sienten la inquietud por la vida misionera?
La vocación es un don que llena la vida y el corazón de gran alegría. Y servir al mundo para que tenga la alegría del Evangelio vale la pena.



