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Somos personas, somos pecadores, pero –como dice el Papa Francisco– ¡pobre de aquel que se hace corrupto! Los escándalos ensucian el rostro limpio de la mayoría de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos que aman perdidamente a Jesús, y viven el encuentro con Él en el servicio, en la oración y en el silencio. Sin descansar.

Por eso, la Iglesia que sueño sabe pedir perdón por el pasado y se compromete a renacer continuamente. Solo una Iglesia así puede hacer resplandecer su belleza, el río de la santidad que han hecho germinar a lo largo de los siglos personas como Francisco, Ignacio, Teresa de Calcuta, Romero, Toribio, y tantos ejemplos escondidos de vida cristiana que se encuentran en medio de nosotros.

Estoy convencido que la Iglesia tiene que sacar lo mejor de sí. No debe inventar nada, porque todo está en el Evangelio, donde la simplicidad y la prudencia viven juntos, donde no existe la lógica de las cosas chuecas hechas “con apariencia de bien”, pero existe solo el Bien. Un mundo donde los grandes ya no tienen el rol del poder o buscan la fuente del enriquecimiento, sino sencillos compromisos de servicio. Así, quien llega a ser Papa, cardenal, obispo o párroco, continúa siendo sacerdote, como lo está haciendo Francisco. En la Iglesia que sueño, un sacerdote no se mete en política, sino que crea conciencia ciudadana en los laicos que le han sido confiados. Cuando habla de no robar, se lo recuerda primero a sí mismo; así, quien lo escucha, sabe que cada palabra pronunciada por él es verdadera, creíble, y es testimonio.

“Jesús viene a nuestro encuentro en la Iglesia a través del carisma fundacional de cada instituto: ¡es hermoso pensar así nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo tomó su forma en la Iglesia mediante el carisma de un testigo suyo. Esto siempre nos asombra y nos lleva a dar gracias… en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre la observancia y la profecía. No lo veamos como dos realidades contrarias. Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y el signo de ello es la alegría: la alegría de observar, de caminar en la regla de vida; y la alegría de ser conducidos por el Espíritu; nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que guía, que nos invita a ir hacia el horizonte.” (Papa Francisco, 12-02-14).