“No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18). Por esta razón, Dios hizo que el varón estuviera acompañado por la mujer y viceversa. La dualidad masculina y femenina, por cierto, la encontramos presente entre todos los seres vivientes, en orden a un recíproco acompañamiento y en vista de su reproducción. Sobre esta base antropológica se sustenta ese impulso natural que todo ser humano siente para buscar con quien acompañarse, o sea, a quien amar conyugalmente, y con quien compartir un proyecto de vida amoroso y efusivo.
“A imagen y semejanza divina”.
Los cristianos, además, creemos que en el origen de la vida en general y de la humana, en especial, está la mano creadora y providente de Dios. Nos negamos rotundamente a creer en la ‘casualidad’ o en el ‘azar’ cósmico. Hay demasiada perfección, en la creación y en la esencia humana, para pensar en un ‘big-bang’ creador. Sólo una ‘inteligencia’ superior y divina puede ser artífice de la perfección y de la belleza del universo y de la vida humana. En efecto, se nos relata en la Biblia, que Dios creó al hombre y a la mujer a ‘imagen y semejanza’ suya: “Y creó Dios al hombre a imagen y semejanza suya; macho y hembra los creó” (Gen 1, 27). A sabiendas, por la revelación, que la esencia divina es ‘trinitaria’, o sea, ‘unidad y comunión de personas’, deducimos, lógicamente, que el hombre será coherente a esa semejanza, en la medida que viva en unidad y comunión con los demás; en unidad de cuerpo y alma y en comunión de vida con su propia pareja. Y es así como la familia humana, cuando es auténtica, se convierte en ‘icono’ de la Trinidad divina.
“De la misma dignidad”.
De la lectura del Génesis se desprende, también, otra idea sustantiva, es decir, que el hombre y la mujer comparten la misma naturaleza humana y dignidad. Por eso la mujer, en el acto creador bíblico, ‘parece’ ser sacada del hombre y éste, sólo con ella, se revela capaz de comunión y de amor. El mismo relato de la formación misteriosa de la mujer indica, en efecto, la necesidad de la integración de los dos seres para encontrar su complementariedad y totalidad de ser: “Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gen 2, 23).
“Irreversible e indisoluble”.
Este espléndido diálogo de amor, entre el hombre y la mujer, lo que busca es la unión de cuerpos y unidad de espíritu: “Por eso dejará el hombre a su padre y su madre, se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne”. El desprendimiento de la familia de origen permite a la nueva pareja la formación de un núcleo de vida, autónoma y creativa, que, con el don de los hijos, se constituirá en lo que llamamos ‘familia’. Lo de ‘una sola carne’, además, señala la constitución de una ‘nueva identidad’, irreversible e indisoluble como el vínculo físico, legal y moral que ha surgido de la unión de cuerpos y voluntades de los esposos.
Conclusión.
Las referencias bíblicas, referidas a la pareja inaugural de la humanidad, de un lado, nos han descrito lo que, propiamente, es el ‘matrimonio monógamo e indisoluble’; las indicaciones de la misma naturaleza humana, de otro lado, lo ratifican y lo proponen como modelo universalmente aceptable y vivible. Por tanto, concluimos que el ‘modelo tradicional’ de familia, fundamentada en el matrimonio monógamo entre hombre y mujer, es único y verdadero: obra de Dios y realización responsable y consciente del hombre.


