Autor: P. Gerardo Custodio L. /
Hace pocas semanas que hemos vivido el momento más grandioso de la historia humana, que es el triunfo de Jesús sobre la muerte y el mal, de manera definitiva, a través de la resurrección, de la vuelta a la vida de Aquel que es origen y fuente de toda vida. Jesús, después de entrar en la historia humana, se somete al proceso de todo ser viviente: la muerte, incluso una muerte violenta que parecía la victoria del mal y de la injusticia que mata a los inocentes, para luego recuperarla y transformar así, a todos aquellos que optan por la vida, en resucitados, en personas libres.
Los evangelios mostraban con claridad las controversias de las Autoridades judías con Jesús. Poco a poco el desenlace final parecía más claro para Jesús, que sería el enfrentamiento definitivo con aquellos que lo veían como un peligro para sus intereses. Los mismos apóstoles le reclaman a Jesús que no fuera a Judea porque lo querían matar a pedradas días antes (Jn 11,8). Todo parecía suponer que Jesús iba entrando en una encrucijada donde sólo había dos salidas: o seguir su camino-misión hasta el final, o desistir y volver a su casa para esconderse de todo peligro.
La historia del pueblo de Israel muestra muchas veces la tentación de dar marcha atrás, de poner un hasta aquí y volver atrás. El pueblo se cansó de caminar por el desierto y le echa en cara a Moisés y a Dios que los ha sacado de Egipto para hacerlos morir allí de hambre y sed (Num 21,5). El pueblo no quiere ver más hacia adelante, hacia la tierra prometida y una vida más plena. Quiere poner un basta y volver atrás, hacia la esclavitud, aunque sea nomás para comer y hartarse (Ex 16,3). Tal parece que no fueron suficiente las señales de poder que Dios les mostró para sacarlos del dominio de un pueblo poderoso como Egipto. No quieren luchar, no quieren saber nada. El sacrificio les asusta.
Esa misma actitud la vivimos todos en nuestras vidas. Delante de lo que parece difícil, pesado, imposible… queremos ponerle freno de mano y volver atrás. Tal parece que la responsabilidad, el cambio por algo mejor, el esfuerzo por algo que vale la pena nos paraliza. La tentación de regresar a lo de antes para evitar fatigas, molestias y sudores, lo sacrificamos por algo de poco valor. A Jesús se le presenta la misma situación: seguir hasta el final o desistir para evitar el dolor.
¿Qué llevó a Jesús el seguir adelante? ¿Hay alguna fuerza o luz que nos haga entrever que vale la pena seguir caminando en la construcción de un mundo mejor para todos? ¿Cómo podemos dejar de buscar sólo nuestro propio beneficio para ver con la óptica de Jesús que vio el bien de todos? ¿Existe en realidad algo que pueda brindar a la humanidad “vida abundante para todos” como lo prometió Jesús? (Jn 10,10). Es la fuerza de su Espíritu. La que él prometió a los suyos antes de irse. Nosotros solos no podemos, porque tropezamos fácilmente. Es necesario que miremos el horizonte a donde Dios nos llama, en el compromiso, en la entrega, en el amor por un proyecto que conduce a que todos seamos felices, viviendo en la fraternidad. ¡Ven Espíritu Santo!

