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P. Gerardo Custodio López sx

El BUEN SAMARITANO

Esta es una de las parábolas más significativas del evangelio. Recordemos que la religión del templo, en tiempos de Jesús, era excluyente y se apoyaba con firmeza en la ley antigua que exigía cuentas claras: “ojo por ojo y diente por diente”. En ese contexto, no era fácil entender la misericordia de Dios. Jesús trataba de cambiar esos moldes tradicionales al contar a la gente esta parábola del hombre que fue víctima de unos bandidos y dice así: 

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de golpearlo y despojarlo, se fueron dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, le sacó la vuelta. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio lo vio y no quiso saber. Pero un samaritano que iba por el camino, al verlo, tuvo compasión; y, acercándose, lavó sus heridas con aceite y vino y las vendó; lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: «Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”. 

El relato de Jesús llama la atención porque los oyentes conocen el camino y lo peligroso que es hasta Jericó. Que fácil era toparse con ladrones que se refugian en aquellos barrancos. Sin embargo, por allí pasan todas las semanas los sacerdotes y levitas que, después de dar su servicio en el templo, regresan a Jericó, importante ciudad sacerdotal. Pasan también los comerciantes que suben con sus mercancías a Jerusalén. 

Al oír hablar de un hombre asaltado y dejado medio muerto, despierta un sentimiento de piedad en los oyentes. Es una víctima abandonada en un camino solitario que necesita ayuda urgente, y aquel podría ser uno de ellos, ¿cómo no sentir compasión? 

Van apareciendo los caminantes: un sacerdote y luego un levita. Ambos vienen del templo. Han realizado su servicio y, cumplidas sus obligaciones, vuelven a Jericó. Tal vez son del mismo pueblo; representan al templo y sin duda “tendrán compasión”. Pero no es así, porque los dos no se acercan y se van, no quieren quedar impuros tocando a un desconocido ensangrentado. Los oyentes se escandalizan seguramente de su dureza de corazón. ¿Cómo no ayudar a un hombre abandonado a una muerte segura?

Pasa otro viajero que no es servidor del templo ni del mismo pueblo: es un samaritano, enemigo de Israel. Los oyentes pudieron pensar lo peor ¿lo irá a rematar? Pero al ver al herido, siente compasión y se acerca. Lo auxilia en lo que puede: lo cura y lo monta sobre su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga los gastos. Su acción se parece a la de una madre cuidando a su hijo. 

¿Cómo puede Jesús mostrar el reino de Dios en la compasión de un enemigo? La parábola rompe todos los esquemas. ¿Será que la misericordia de Dios no siempre llega del templo, sino por un desconocido? Jesús los desconcierta al mostrar que la mejor representación de Dios es la compasión. 

El reino de Dios se hace presente donde las personas actúan con misericordia. Hasta un enemigo puede ser encarnación del amor compasivo de Dios. Esto es una verdadera revolución para todos: ¿Cómo entender una religión como la del templo, que te hace indiferente? En el mensaje de Jesús habrá que reordenarlo todo dando prioridad a la misericordia. Así es el reino de Dios.