Las parábolas de Jesús sobre el perdón y la misericordia son muy profundas, como la del Padre bueno con dos hijos que, en resumen, dice: el menor le dijo al padre: Padre, dame una parte de la herencia. Y él les repartió la herencia. Poco después, el hijo se marchó lejos, donde malgastó todo en una vida libertina. Las cosas no le salen y un día se arrepiente y regresa. El hijo mayor, que siempre estuvo con su padre, no estuvo de acuerdo en recibirlo y viene el choque con su padre (Lc 15, 11-32).
La familia tenía un valor fundamental y Jesús conocía bien los conflictos que se vivían en las familias como las discusiones entre padres e hijos, los deseos de independencia o las rivalidades entre hermanos por la herencia. Era muy difícil sobrevivir fuera de la familia. Las aldeas estaban formadas por familias unidas y lazos de parentesco, vecindad y solidaridad. Juntos se ayudaban para recoger las cosechas, reparar los caminos y para proteger a las viudas y huérfanos. La lealtad a la propia familia era tan importante como la solidaridad entre las familias de la aldea.
Lo que pide ese hijo menor es imperdonable, porque al exigir su parte está dando por muerto a su padre. ¿Cómo va a repartir su herencia un padre estando todavía en vida? Lo que exige el hijo es una locura y una vergüenza. El padre no dice nada, respetando la petición de su hijo. ¿Qué clase de padre es este que no impone su autoridad?
El hijo se va y se desentiende del padre y del hermano. Pronto, una vida “loca” lo lleva a la ruina. Sin recursos para defenderse, y solo, en medio de un lugar extraño, sin familia ni protección, termina como esclavo cuidando cerdos, queriendo comer su comida. Su humillación no puede ser mayor. Pero toma una decisión: Me levantaré e iré a casa de mi padre.
Su padre al verlo venir, siente compasión y lo recibe. No actúa como patrón sino como una madre. Esos besos y abrazos significan acogida, perdón y protección. El papá hace una fiesta porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida. Pero falta el hijo mayor que no va a entender los sentimientos de su padre y se niega a entrar. Nunca se había ido de casa, pero ahora se siente como un extraño, perdido en su propio resentimiento.
El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha salido por el primero. No le grita, no le da órdenes. Sale como una madre que le suplica que entre. Es entonces cuando deja al descubierto todo su rencor. Ha pasado su vida cumpliendo las órdenes del padre como un esclavo, pero no ha sabido disfrutar de su amor como hijo. Su vida de trabajo ha endurecido su corazón. No vive en familia, pero si su padre le hubiera dado un cabrito, hubiera organizado una fiesta, no con él, sino con sus amigos. Ahora no sabe más que humillar a su padre y denigrar a su hermano. Él no perdona.
El padre tiene un único deseo: ver de nuevo a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo fraternalmente la fiesta. ¿Es posible que Dios sea así? ¿Será esto el reino de Dios? ¿Un Padre que mira a sus criaturas con amor y busca conducir la historia hacia una fiesta final donde se celebre la vida, el perdón y la liberación de todo lo que degrada al ser humano? ¿Será esta la buena noticia de Jesús?



