Pedro Blázquez (Bautista), nace en San Esteban del Valle España. En 1567, pide su ingreso en la Orden Franciscana para vivir el evangelio siguiendo las huellas de San Francisco y predicarlo a todos sin distinción. Hace su noviciado en el convento de Arenas en donde forja su espíritu junto al sepulcro del gran contemplativo y penitente Pedro de Alcántara. Profesa en 1568 y como venía con estudios eclesiásticos ya hechos, e incluso, ya diácono, fue muy pronto ordenado sacerdote y destinado al apostolado de la predicación y a la formación.
A un cierto momento debió de sentir la llamada del Señor: «Pedro, rema mar adentro». Siguió la inspiración, pues el clima que se respiraba en toda la península favorecía este impulso y tras un serio discernimiento, presentó su moción a los superiores para incorporarse a un grupo de religiosos que iban a partir rumbo a Nueva España. En 1581 se embarcó para México y allí permaneció y trabajó por espacio de casi tres años.
Su objetivo fue siempre China y Japón. Filipinas, con respecto a su ideal, venía a ser como una escala para reposar, no para echar raíces. Llegó a Manila como Comisario el año 1584 y se entregó sin demora a la labor misionera con el celo y el entusiasmo que le permitían las circunstancias. Pero se topó con la dificultad de ¿cómo predicar a los nativos sin apenas conocer su lengua? Recurre entonces a las obras. Entra en contacto con los ambientes más pobres y necesitados. Visita y cura a los enfermos; levanta residencias y hospitales. Los primeros destinatarios fueron los leprosos y los pobres, esto causó impresión en Filipinas entre algunos cristianos y eclesiásticos empleados en la labor misionera, llegó incluso a causar alarma entre los políticos cuando públicamente alzó la voz en defensa de los derechos de los pobres. Su amor le llevaba a ser «estropajo de los leprosos» y abogado defensor de los sin voz, injustamente maltratados y explotados, a veces, por los colonizadores y encomenderos. Pedro Bautista ya había sido testigo de ello en México y sabía de boca de los indígenas lo que marcaba la diferencia para ellos entre el misionero franciscano e incluso otros misioneros.
Su método misionero fue el de proponer, no de imponer, ni de demostrar con argumentos, cuanto de mostrar con la vida y las obras. Pedro hizo experiencia de que el mejor soporte del misionero era la contemplación, la austeridad de vida expresada en la penitencia, la descalcez y, sobre todo, en la pobreza evangélica. Aprendió, igualmente que el mejor púlpito para el misionero eran los hospitales, las escuelas erigidas y los conventos para atender a los pobres y enfermos.
Pedro Bautista fue designado embajador de Felipe II ante el emperador del Japón Taikosama, causando profunda impresión en el ámbito japonés, pues a ninguno habían visto los nativos descender a lavar a los leprosos, curarlos y hasta besar sus heridas, andar descalzo y con el hábito remendado, vivir de limosna y a la intemperie como los más pobres. Esto produjo división de opiniones y posturas, por esta razón los franciscanos fueron conminados a abandonar la misión de Japón. Las causas y acusaciones eran tan infundadas que forzaron una réplica bien ponderada del embajador, Pedro Bautista.
En una carta dirigida al obispo le dice entre otras cosas: «Advierta vuestra Señoría que nuestros documentos pontificios los han examinado doce teólogos y un doctor en leyes, y todos nos obligan, so pena de pecado mortal, a no dejar las almas del Japón. Y cuando V. Señoría por fuerza y, como dicen, nos quisiera tomar por hambre, como parece lo ha mandado vedándonos las limosnas, sepa que aunque coma hojas de árboles no tengo que dejar el Japón hasta que lo mande el Papa y el Rey muy bien informados; porque tanto como esto conviene hacer por las almas que Cristo nuestro Redentor con su sangre redimió» (Carta de finales de 1596).
Pedro Bautista y sus compañeros se mantuvieron junto al necesitado hasta el día en que les encarcelaron y les pidieron la vida en el calvario de Nagasaki. Les cerraron la boca, pero los pobres siguen gritando. Pedro Bautista realizó con la propia sangre el anuncio del Evangelio, sobresaliendo su dimensión misionera, su pasión y amor que culminaría en la cruz.


