“Hoy, dos mil años después, vemos tristemente que la persecución continúa: hay persecución de cristianos... sigue habiendo -y son muchos- quienes sufren y mueren por dar testimonio de Jesús, como también hay quienes son penalizados a diversos niveles por comportarse de forma coherente con el Evangelio, y quienes luchan cada día por mantenerse fieles, sin aspavientos, a sus buenos deberes, mientras el mundo se ríe de ellos y predica otra cosa. Estos hermanos y hermanas también pueden parecer fracasados, pero hoy vemos que no es así. De hecho, ahora como entonces, la semilla de sus sacrificios, que parecía morir, brota y da fruto, porque Dios, a través de ellos, sigue obrando maravillas (cf. Hch 18,9-10), para cambiar los corazones y salvar a los hombres”. Así se expresó papa Francisco en el rezo del Ángelus el 26 de diciembre de 2023, fiesta de San Esteban, primer mártir.
Cada año la Agencia Fides hace un recuento de los misioneros asesinados. Según los informes recogidos en 2023, la Agencia informa: en el mundo se mataron 20 misioneros: 1 obispo, 8 sacerdotes, 2 religiosos no sacerdotes. 1 seminarista, 1 novicio y 7 laicos y laicas. 2 misioneros más que el año pasado.
África registra el número más alto, 9 misioneros matados: 5 sacerdotes. 2 religiosos, 1 seminarista, 1 novicio. En América fueron asesinados 6 misioneros: 1 obispo, 3 sacerdotes, 2 laicas. En Asia, murieron, matados por la violencia, 4 laicos y laicas. En Europa fue eliminado un laico.
Si reflexionamos en los números y lugares podríamos tener la impresión que son gente extraordinaria, que han hecho de su vida un ejemplo a seguir; empresas fuera de lo común. En fin, personas excepcionales. Mientras, uno de los detalles que los caracteriza y que los acomuna, es sin duda la normalidad de vida. Nada de acciones clamorosas o empresas fuera de lo común que podrían llamar la atención y pasar a la lista de las personas incómodas.
Encontramos sacerdotes que iban a celebrar la misa o a desarrollar alguna actividad pastoral en alguna comunidad lejana. Agresiones a mano armada en carreteras con tráfico; asaltos a casas parroquiales y conventos. Todos ellos comprometidos en la evangelización, en la caridad, en la promoción humana. Sin culpa, se encontraron víctimas de secuestros, de actos de terrorismo, involucrados en tiroteos o violencias de todo tipo.
En esta vida “normal” vivida en contextos de pobreza económica y cultural, degradación moral y ambiental, ellos, los mártires de hoy, han llevado su vida “normal” en la “anormalidad”.
A esta vida “normal”, ellos, los mártires de hoy, viven otra normalidad: vivir su fe, “normalmente”, ofreciendo su testimonio evangélico, con sencillez, como pastores, catequistas, operadores sanitarios, animadores de la liturgia, la caridad. Hubieran podido irse a otra parte, trasladarse a lugares más seguros, o desistir de sus compromisos cristianos. No lo hicieron aun sabiendo de la situación y de los peligros que cada día enfrentaban “normalmente”. Los que viven de otra “normalidad”, los catalogan como ingenuos. Sin embargo, la Iglesia, va a delante, vive, gracias a ellos. Ellos, los mártires de hoy, testimonian la gratuidad del amor de Cristo traduciéndolo en actos cotidianos de hermandad y esperanza.

