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Xaverianos

SAN MARTÍN DE PORRES

Autor: P. Santiago Milani /

Nació en Lima Perú, hijo del español Don Juan de Porres y de Ana Velázquez, natural de Panamá. Tuvo una hermana llamada Juana. Martín fue de la Orden dominica y fue nombrado patrón universal de la paz. Es conocido como Fray Escoba. Fue confirmado en 1591por Santo Toribio de Mogrovejo. Fue beatificado en 1837 y canonizado en 1962 por Juan XXIII.

 Martín inició su aprendizaje de boticario y barbero del cirujano Marcelo de Ribera. Ante la proximidad del convento dominico de N. Sra. del Rosario y su claustro ejercieron una atracción sobre él. Sin embargo, al entrar allí no cambiaría su situación social ni el trato que recibiría por ser mulato y bastardo: no podía ser fraile de misa ni ser hermano lego. A la edad de 15 años, y por la invitación de Fray Juan de Lorenzana, famoso dominico, teólogo y hombre de virtudes, entró en la Orden Dominica bajo la categoría de "donado", es decir, como terciario por ser hijo ilegítimo (recibía alojamiento y se ocupaba en muchos trabajos como criado). Así vivió 9 años. Perseveró en su vocación a pesar de la oposición de su padre, y en 1606 se convirtió en fraile profesando los votos de pobreza, castidad y obediencia.

En el convento, Martín ejerció como barbero, ropero, sangrador y sacamuelas. Todo el aprendizaje que tuvo hizo de Martín un curador de enfermos, sobre todo de los más pobres. Su fama se hizo muy notoria y acudía gente muy necesitada en grandes cantidades. Su labor era amplia: tomaba el pulso, palpaba, vendaba, entablillaba, sacaba muelas, extirpaba tumores, suturaba, succionaba heridas sangrantes e imponía las manos con destreza. En Martín confluyeron las tradiciones medicinales española, andina y africana; solía sembrar en un huerto una variedad de plantas que luego combinaba en remedios para los pobres y enfermos.

La vida en el convento estaba regida por la obediencia a sus superiores, pero en el caso de Martín, por ser negro, la condición racial también era determinante. Aunque frecuentaba a la gente negra y a castas, nunca planteó reivindicaciones sociales ni políticas; se dedicó únicamente a practicar la caridad con todos. Fue un fraile alegre, sus contemporáneos señalan su semblante siempre alegre y risueño.

La caridad de Martín se proyectaba también a los animales, sobre todo cuando los veía heridos o faltos de alimentos. Entre sus virtudes, sobresalía la humildad, siempre puso a los demás por delante de sus propias necesidades. En una ocasión el Convento tuvo serios apuros económicos y el Prior se vio en la necesidad de vender algunos objetos valiosos, ante esto, Martín se ofreció a ser vendido como esclavo para remediar la crisis, el Prior conmovido, rechazó su ayuda.

Ejerció su vocación pastoral y misionera; enseñaba la doctrina y la fe en Jesucristo a los negros, indios y gente rústica que asistían a escucharlo. Con la ayuda de varios ricos de la ciudad - entre ellos el virrey Conde de Chinchón, que en propia mano le entregaba cada mes no menos de cien pesos - fundó el Asilo y Escuela de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros.

Martín siempre aspiró a realizar la vocación misionera en países lejanos. Con frecuencia lo oyeron hablar de Filipinas, China y especialmente de Japón, país que alguna vez manifestó conocer.

La personalidad carismática de Martín hizo que fuera buscado por personas de todos los estratos sociales, de la Iglesia y del Gobierno, gente sencilla, ricos y pobres, todos tenían en él alivio a sus necesidades. Su disposición y ayuda incondicional al prójimo propició que fuera visto como un santo hombre. Hacia 1619 comenzó a sufrir de fiebres muy elevadas. Este mal se le fue agudizando y duró el resto de su vida.

Se le atribuye el don de la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en México, en África, en China y en Japón, animando a los misioneros o curando enfermos. Estando encerrado en su celda, lo vieron llegar junto a la cama de moribundos a curarlos. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos estando las puertas cerradas. En ocasiones salía a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta. Muchos testimonios afirmaron que cuando oraba con mucha devoción, levitaba y no veía ni escuchaba a la gente.

A los 60 años, Martín cae enfermo y anuncia que ha llegado la hora de encontrarse con el Señor. Solicitó a los religiosos que entonaran en voz alta el Credo y mientras lo hacían, falleció. Eran las 9 de la noche del 3 de noviembre de 1639, en Lima.