Mientras leía el mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la misión, me he sentido muy reflejado en sus palabras y entusiasmado por sus propuestas. En efecto, mi camino hacia la misión empezó cuando en torno a los 19 años nació en mí un deseo claro e irreprimible de conocer más y mejor a nuestro Señor Jesucristo. Necesitaba crecer más “en Jesús”, en mi fe y amor por Él.
Entre las varias opciones, mi inquietud encontró respuestas en la Familia Xaveriana: descubrí con gran alegría que la fuente más rica y dinámica que ha nutrido y madurado la santidad y misionariedad de su Fundador, San Guido María Conforti, era Jesucristo mismo, el enviado del Padre a todas las gentes. Fue el inicio de algo que iba a permanecer en mí para siempre como una curiositas nunca satisfecha del todo. Agradezco a Dios que esta aspiración se ha mantenido ardiente aún en medio de grandes retos misioneros y de mis extravíos, fragilidad e inconsistencias... Hace cincuenta años hice los primeros votos de mi consagración misionera.
De ahí que el mensaje del Papa para el Domund 2023 es muy evocador y sugestivo para mí, sobre todo cuando explica, en la parte nuclear de su mensaje, lo que más le impacta del pasaje de los discipulos de Emaús: unoscorazones que arden cuando Jesús explica las Escrituras; unos ojos que se abren al reconocerlo; y unos pies que se ponen en camino.
⸻ Corazones que ardían «mientras nos explicaba las Escrituras», dicen los de Emaús, y el Papa subraya que Jesús es, efectivamente, la Palabra viviente, la única que puede abrasar, iluminar y trasformar el corazón. Y en realidad, un corazón ardiente, reencendido por la Palabra, es un corazón con una nueva esperanza que impulsa al seguimiento fiel sin importar los sacrificios que se presenten.
El Señor resucitado, asegura el Papa, es cercano a sus discípulos misioneros y camina con ellos, especialmente cuando se sienten perdidos, desanimados, amedrentados ante el misterio de la iniquidad que los rodea y los quiere sofocar. Y concluye: «¡No nos dejemos robar la esperanza!». El Señor es más grande que nuestros problemas, Él puede reencender el fuego en nuestros corazones y hacernos pasar de la frialdad de corazón a la pasión por Cristo, por su Palabra y su misión.
⸻ Ojos que «se abrieron y lo reconocieron» al partir el pan. El elemento decisivo que abre los ojos de los discípulos, dice el Papa, es la serie de gestos cumplidos por Jesús: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y dárselo a ellos. Son los gestos de la eucaristía, del sacramento del Sacrificio del Señor en la cruz. De esta manera, el Señor entra en los corazones de los discípulos para encenderlos todavía más, apremiándolos a comunicar a todos la experiencia única del encuentro con el Resucitado. Todo discípulo misionero está llamado a ser aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo, dice el Papa.
Partir el Pan eucarístico, que es Cristo mismo, es la acción misionera por excelencia. «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera», decía Benedicto XVI. Cultivando con amor la comunión con Cristo, todo discípulo misionero puede convertirse en un místico en acción. Que nuestro corazón anhele siempre la compañía de Jesús, repitiendo la vehemente petición de los dos de Emaús,: ¡Quédate con nosotros, Señor!».
⸻ Pies que se ponen en camino... sin demora, de prisa... dándonos a entender que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría», dice el Papa. Ahora los discipulos llevan su fuego en el corazón y su luz en la mirada. Pueden testimoniar la vida que no muere más, incluso en las situaciones más difíciles y en los momentos más oscuros.
Los “pies que se ponen en camino” nos recuerda la validez perenne de la misión ad gentes, la misión que el Señor resucitado dio a la Iglesia de evangelizar a toda persona y a todo pueblo hasta los confines de la tierra. «Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie... como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 14).
Recibamos con gusto la invitación final del Papa de ponernos de nuevo en camino. Levantarnos y salir con los corazones fervientes, los ojos abiertos, los pies en camino, para encender otros corazones con la Palabra de Dios, abrir los ojos de otros a Jesús Eucaristía, e invitar a todos a caminar juntos por el camino de la paz y de la salvación que Dios, en Cristo, ha dado a la humanidad.
Santa María del camino, Madre de los discípulos misioneros de Cristo y Reina de las misiones, ruega por nosotros.



