Un saludo a todos nuestros familiares, bienhechores y amigos de los misioneros xaverianos. Soy p. Antonio Ugalde Barrón y les escribo estas cuantas líneas para compartir con ustedes un poco de mi nueva experiencia misionera y de familia en la casa madre de Parma, Italia. Después de haber pasado 15 años en el África, en diálogo con mis superiores consideramos que podía prestar mis servicios en otra misión: meterme de lleno al servicio de los hermanos ancianos y enfermos.
Cuando decía a la gente de mi pueblo en Colón Qro. que no volvería al África pero que ahora comenzaría una nueva página de mi vida misionera y xaveriana en Italia, me di cuenta cómo muchos creen que a Italia se va solo para pasar una vida más cómoda y tranquila. Justamente eso nos sucede por el hecho de que quizás aún no hemos hablado suficientemente de lo que es la misión, pues misión no sólo es estar en África, sino es algo mucho más grande.
Ahora después de casi dos años de estar allí, en esa nueva misión, de estar al cuidado de los mismos misioneros ancianos y enfermos de nuestra familia, es una misión al 100% como lo es estar en el África o en cualquier otra parte. Durante muchísimos años la casa Madre de Parma fue la casa de formación de muchos misioneros que después salieron por el mundo anunciando el Evangelio. La Casa Madre fue como la conocimos: “el nido de los aguiluchos”. Pero con el pasar de los años esos aguiluchos crecieron en años y sus fuerzas o su salud han ido declinando y es así que el día de hoy esta Casa se ha hecho la casa de los ancianos y enfermos xaverianos que vienen de las diferentes misiones en las que trabajamos para vivir un periodo de recuperación y de descanso para algunos o, sus últimos días de vida para otros, ofreciendo sus dolores y sus sufrimientos por la misión y por la extensión del Reino de Dios.
Estamos acostumbrados a escuchar los grandes sucesos misioneros, a ver las fotografías de las obras realizadas por nuestros hermanos por aquí y por allá, pero sería bonito también abrir los ojos y el corazón para ver y escuchar a estos mismos misioneros ya cargados de años, de cansancio, de enfermedades y que ahora algunos de ellos no son ni siquiera capaces de poder comer por ellos mismos o que se encuentran condenados a una silla de ruedas o que simplemente no tienen más fuerzas ni siquiera para ponerse una sotana y poder presidir una misa. Y por lo tanto no han dejado de ser misioneros y sacerdotes, sino al contrario, ahora más que nunca lo son, justamente porque es ahí que han descubierto el verdadero sentido y significado de lo que siguen siendo: discípulos de Cristo, simples servidores que han hecho y siguen haciendo lo que deben hacer. Estos hermanos llenos de experiencias misioneras, que después de haber pasado toda una vida al servicio del anuncio del Reino de Dios, se encuentran viviendo una nueva etapa de sus vidas siempre al servicio de la misión pero ahora es una misión en la enfermedad y ancianidad, o como dice S. Pablo “anunciamos lo que el ojo no ve, eso que los oídos no escuchan, lo que no ha entrado en el corazón del hombre, pero es eso que Dios ha preparado para los que lo aman” (1cor 2,9).
Desde mi llegada a una sección de la Casa madre en Parma, han muerto 13 padres y cada uno de ellos con una historia detrás de él, el P. Angelo Calvi que fue pionero de la misión en las islas Mentawai; El P. Martini durante muchos años estuvo al servicio de la Dirección General poniendo al día los archivos y anágrafes; P. Ballarin, después de una experiencia en el Congo, se dedicó al museo chino; El P. Barbeno toda su vida la vivió entre el Congo y el Camerún y sufriendo con esas llagas en sus pies durante más de 25 años, etc. P. Sergio Fabarin, que después de haber comenzado su experiencia misionera y verse expulsado en los años 80 del Burundi, es el pionero de la misión del Chad y más específicamente de Gunu-gaya, además, es el iniciador de las vocaciones para nuestra familia de los hermanos cameruneses. Este hermano ha sido el más joven de los que se han ido al cielo, una muerte causada por un cáncer pero que vivió su calvario como un gran hombre de fe, pues puedo decir, El sí que conoció en su vida a Dios y por eso a Dios volvió con grande Alegría. Además de ellos tenemos un buen grupo de unos 20 hermanos que viven en el cuarto piso, que es el piso de los padres que tienen necesidad de una asistencia continua, pues ya son incapaces de hacer las cosas por ellos mismos.
También en casa existe un grande grupo de ancianos o enfermos que son ayudados pero son aun capaces, al menos, de continuar viviendo y hacer pequeñas tareas de cada día, como por ejemplo, celebrar alguna misa o confesar en el santuario de San Guido Maria Conforti o en alguna de las parroquias de Parma.
¿Cuál es mi trabajo? En realidad somos un equipo de 6 xaverianos al servicio directo de estos hermanos, sin contar muchos otros hermanos que de manera más indirecta también están al servicio del funcionamiento de nuestra casa. Nuestro trabajo es simple, pues es un trabajo-servicio de acompañamiento de cada día, de cada momento, de la vida de nuestros ancianos y enfermos. Tratamos de servir como hermanos a un hermano que nos necesita y que no puede hacer las cosas por sí mismo. Son las cosas necesarias a todo ser humano: darles de comer, incluso darles en la boca, hacerles la barba, ver que estén bien, darles un vaso de agua, ayudar a cambiar un pañal… Pero el verdadero y grande trabajo es continuar viviendo nuestra aventura misionera con ellos y sin nunca perder la sonrisa de la boca, la alegría del corazón y la capacidad de ser hermanos aun con nuestra diferencia de edad, de nación o de color de piel.
Gracias a todos por su cariño, sus donativos, sus oraciones. Y seguimos encomendándonos a ustedes pues recuerden que la familia xaveriana somos todos: Familia, amigos, bienhechores y nosotros miembros unidos en un mismo ideal, el ideal del Santo Conforti.


