Mi apellido materno Marsich, obviamente, no suena muy común, sin embargo, así es y lo considero, para mí, muy significativo, porque contiene, en sí, parte de la historia de mi vida y de mi vocación sacerdotal misionera. En efecto, el apellido es de origen esloveno: la tierra donde nací y pasé mi infancia.
Era el tiempo del dictador Tito y la permanencia de la población italiana, bajo ese régimen, se había vuelto dramática y mi familia tuvo que emigrar a Italia. El cambio no fue tan fácil, sufrimos carencias y pobreza. Ya ubicado en la diócesis italiana de Cesena, a través del párroco, fui aceptado en una institución para niños necesitados, donde pude recibir la asistencia necesaria para terminar la primaria sin carencias.
Allí conocí a dos excelentes y paternos sacerdotes, que me animaron a seguir siempre adelante, a pesar de las dificultades que, por no estar con mi familia, me entristecían. En la pequeña capilla, afortunadamente, me refugiaba con frecuencia y, hacer oración me daba serenidad y las ganas de seguir luchando. Estoy convencido que el ejemplo de vida y el testimonio de fe de los sacerdotes, encargados del colegio, han sido la fuente de mi vocación.
Gracias a ellos, pude entrar al seminario diocesano, a pesar de que en un principio mis papás no querían darme el permiso. La primera noche, cuando me iba a dormir, con sorpresa encontré mi cama preparada y toda mi ropa bien ordenada: entendí, que mis papás habían permitido mi decisión.
Durante los cinco años que estuve en el seminario diocesano, nos visitaban con cierta frecuencia, algunos sacerdotes misioneros, medio raros por su manera de presentarse: con barbas enormes y con un estilo siempre alegre de hablar sobre las difíciles misiones, sobre todo de África, donde habían estado evangelizando. La alegría contagiosa de esos misioneros captó mi atención y suscitaron en mí el deseo de ser como ellos: fue la primera chispa de mi vocación misionera.
Desde esos años empecé a leer libros y revistas misioneras que, desde luego, alimentaron mi sueño de ser misionero y, contra la voluntad inicial de mis padres, poco a poco, pude decidirme y entrar en el noviciado xaveriano de mi diócesis, y en el cual habían vivido los misioneros que nos habían visitado.
Habiendo sufrido en mi infancia por la lejanía de la familia y por la pobreza de la postguerra mundial, me motivó a buscar caminos que me permitieran realizar el ideal de poder hacer algo en beneficio de los que, en lejanas tierras, sufrían lo mismo. El camino que encontré fue el sacerdocio misionero.
La cercanía de la casa del noviciado; la generosa resignación de mis papás; el permiso de mi señor obispo, concedido porque estaba preocupado de mi obra proselitista entre los demás seminaristas, y la bendición del ahora san Pío me motivaron, indudablemente, para ser, por gracia recibida, lo que soy: sacerdote misionero.



