Postulantado y Noviciado

Salamanca

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Postulantado y Noviciado

Amado Nervo 101 Col. San Pedro 36700 Salamanca, Gto.

Postulantado y Noviciado

En el año de 1970, se vio la posibilidad de abrir un centro vocacional juvenil en la zona del Bajío, tierra fértil de vocaciones. El padre Scremin entonces Superior Provincial, hizo la solicitud al Obispo de León, Gto., monseñor Anselmo para que le permitiera abrir un centro vocacional en Irapuato. Ante la respuesta negativa de parte del Obispo, decidió entonces dirigirse a Salamanca, por estar cerca de Irapuato.

El padre Scremin hizo la solicitud al arzobispo de Morelia, monseñor Estanislao, el cual concedió la licencia para abrir una casa xaveriana para los fines indicados, en la ciudad de Celaya o Salamanca, según resultara más conveniente. El padre Scremin encargó la fundación al padre Alfredo Spigarolo, quien se estableció en Salamanca el 13 de Octubre de 1970 en el hotel El Bajío.

El terreno fue donado por Don Gregorio Torres, agradecido por el apoyo espiritual que el padre Alfredo estaba dando a su familia. En octubre de 1972 se comenzó la construcción de la casa y se inauguró el 26 de agosto de 1974.

En 1977 hubo un cambio en la finalidad de la casa: desde Guadalajara se trasladaba a Salamanca el Postulantado y, un año más tarde, en 1978, el Noviciado.

Actualmente, los jóvenes que ingresan al Postulantado, provienen de los seminarios menores de Arandas y San Juan del Rio, del centro vocacional de Torreón, y de sus casas.

Aun cuando la casa ha cambiado de finalidad, la animación misionera sigue estando presente, con las convivencias de Navidad y Pascua y los encuentros masivos con motivo de las Jornadas del día de las Misiones y de la Infancia Misionera.

Sin olvidar el apostolado que realizan los novicios y postulantes los fines de semana en diferentes colonias de la ciudad, a través de la catequesis, grupos juveniles, grupos de liturgia, visita a pobres, enfermos y personas de edad avanzada.

  • Pedro Viveros Viveros
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Domingo I de Adviento - C

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(Lucas 21,25-28;34-36)

«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, recobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación.»

«Guarden de que no se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupacines de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre ustedes, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra.  Esten en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.»

INDIGNACIÓN Y ESPERANZA

Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.

Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará «signos» de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.

Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los «acontecimientos cósmicos» que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.

El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos «Dios».

No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El «último día» no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: «Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación». Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.

Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.

Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. «Tened cuidado: que no se os embote la mente». No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. «Estad siempre despiertos». No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.

¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.

Comentario por: José Antonio Pagola