EL APOSTOLADO, LUGAR DE ENCUENTRO, SALVACIÓN Y SANACIÓN

“La vida apostólica unida a la profesión de los votos religiosos constituye de por sí cuanto más perfecto, según el Evangelio, se puede concebir.” (CT 2) Tales son las palabras alentadoras que usó san Guido María Conforti para evidenciar el tesoro que existe en la vida apostólica de un consagrado. El campo apostólico se percibe de entrada como el lugar por excelencia donde los religiosos y consagrados se ejercitan para construir la Jerusalén terrestre, es decir anticipar la llegada del Reino de Dios.

Según los dichos de san Guido, es el Maestro Divino quien nos empuja al trabajo apostólico y corrobora su convicción con estas hermosas palabras tomadas del Salvador: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37). En esta frase se pone énfasis con una metáfora la urgencia del desempeño apostólico, que debe tener como preocupación primera y última, la salud de las almas. En efecto, es por ellas que Cristo derramó su sangre e instituyó la Iglesia como signo de su presencia viva en el mundo y garante de las mismas. La tarea evangelizadora, que es también nuestra como misioneros a la imagen de Jesús, urge repetir con el discípulo que él amaba: “el celo de tu casa me devora” (Jn 2,14) El devorado por el celo de la casa de Dios es el incansable apóstol, el misionero, el que desea enderezar lo torcido, el que se esfuerza para gritar en voz alta frente a todos, lo que ve que es malo en su entorno.

Nosotros estamos llamados por Dios mismo a dejarnos tocar por el grito silencioso de los débiles, y es inscribiéndose en este dinamismo que Lucas, en su evangelio nos transmite el mensaje del Padre “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, ciegos y cojos…” (Lc 14, 21ss),

La comunidad de la teología de México quiere firmemente responder a este llamado, y precisamente por eso tiene un campo de acción que no deja de crecer, donde sus miembros se dedican en distintos lugares al acompañamiento de grupos de adultos y jóvenes, a catequizar al pueblo de Dios, a la animación misionera, al cuidado de las personas de la calle y al ejercicio concreto de los ministerios. Es con certeza inalterable que los miembros de dicha comunidad formativa se dedican en cuerpo y alma a estas tareas suyas, porque saben que en ellas se realiza el encuentro con Cristo, el encuentro con el otro y sobre todo con los predilectos de Dios, y al mismo tiempo se inscriben en un proceso de madurez cada vez mayor que despierta la sensibilidad y la creatividad, la compasión y la dedicación, la oración y el amor.

El Señor, nos conceda  en su amor inconmensurable, bendecir y santificar la labor apostólica de la comunidad del Teologado Internacional de San Francisco Xavier, constituida por incansables buscadores de Dios.

                                                                                 ¡Ay de mí si no anuncio la buena nueva del Reino! (1 Cor 9, 16) 

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