Desde la misión

Una segunda oportunidad

San Mateo nos cuenta que después de la última cena, mientras iban de camino al monte de los Olivos, Jesús dijo a sus discípulos: Todos ustedes caerán esta noche, ya que no sabrán que pensar de mí. Y como lo había dicho, al momento que es apresado, en lugar de que los apóstoles lo defiendan y den su vida por Él, como le habían asegurado, al contrario al ver herido al pastor, huyen las ovejas.

Podemos imaginar que los discípulos en aquel momento en que apresaron a Jesús, quizás pensaron que solamente le darían un escarmiento, y en el peor de los casos lo mantendrían en la cárcel para que no diera problemas. Nos podemos imaginar cómo se sentían en aquella habitación donde estaban escondidos, cuando les llegaban las noticias de que el Sanedrín lo había declarado culpable de blasfemia, de que había sido llevado ante Pilato el cual lo había mandado azotar, que había sido coronado de espinas, que había muerto en la cruz…

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Quien no arriesga no camina

Se dice que había un pueblo en donde a nadie le gustaba trabajar. Todo estaba desordenado y sucio, aun cuando el pueblo estaba rodeado de buenas tierras, los habitantes preferían comer cualquier cosa que encontraban en la calle. En el pueblo vivía también un hombre que gracias a su trabajo había acumulado una considerable fortuna, le desesperaba ver la situación en que vivían sus paisanos, cuando los animaba para que cambiaran su situación, la respuesta era la misma: “Para qué, si así estamos bien”.

 Para hacerlos reaccionar, un día se le ocurrió obstruir con una gran piedra el único camino que llegaba al pueblo. Pero para su sorpresa, ninguno de los habitantes hizo nada por moverla, algunos que querían salir saltaban por encima de ella, la mayoría prefirió quedarse en el pueblo, para evitar la fatiga. Un día llegó un viajero que deseaba conocer aquel pueblo, al ver la piedra decidió moverla, y en ello empleó toda la jornada. Al final del día logró su objetivo, y para su sorpresa debajo encontró un tesoro que el hombre rico había colocado debajo de la piedra.

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Respuesta negativa al llamado de Dios

El mes pasado vimos algunos pasajes bíblicos en los que Dios llama a través de iniciativas, indicaciones o invitaciones de terceras personas, e incluso vimos el caso de Samuel quien, a pesar de ser llamado directamente por Dios, necesitó la ayuda de una tercera persona para darse cuenta de que el llamado recibido venía de Dios. Así comprendemos que no todos somos capaces de darnos cuenta del llamado de Dios, aunque también existen aquellos que, aun dándose cuenta de que Dios los llama, responden negativamente. Veamos algunos ejemplos bíblicos de esto.

El caso típico es el de aquel personaje que es conocido como el joven rico, y que es narrado por los tres Evangelios sinópticos: Mc 10,17-22; Mt 19,16-22; Lc 18,18-23. En ninguno de los tres Evangelios se habla de un joven, sino simplemente de uno que se acercó a Jesús, aunque Lucas dice uno de los principales. Así vemos que a esta persona no se le nombra, no se sabe qué función tenga, a qué grupo religioso pertenezca, solo se dice que tenía muchos bienes.

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Conocer a Cristo

 

El conocimiento y la experiencia de Cristo es la base para vivir, amar y consagrarse a la misión, ya que difícilmente se puede querer a quien no se conoce. Este conocimiento experiencial es la base de la vocación de san Guido María Conforti. Siendo un preadolescente, todas las mañanas de camino a la escuela, pasaba frente a la capilla de Santa María de la Paz, se detenía ante un gran crucifijo para orar: Yo lo miraba, Él me miraba a mí y parecía decirme tantas cosas. Estas son las palabras que monseñor Conforti utilizará para describir aquella fuerte experiencia de fe vivida durante su niñez. Experiencia de encuentro, diálogo y conocimiento profundo recíproco.

El hecho de que ese crucifijo, abandonado después de que cerraron la Capilla de la Paz, fuera recuperado y restaurado bajo el cuidado de monseñor Conforti cuando ya era obispo de Parma, nos habla del amor profundo que Conforti tenía por nuestro Señor Jesucristo representado en aquella imagen. Una vez que restauraron la imagen, hizo que la colocaran en el obispado, ante la cual pasaba mucho tiempo en oración. Posteriormente, esta misma imagen la colocó en el altar mayor de la catedral de Parma. Nuestro Señor Jesucristo, por medio de esa imagen, le había dado la vocación misionera: A ese crucifijo le debo mi vocación.

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La mano de Dios

La Iglesia católica en Burundi está viviendo un momento de gran fertilidad vocacional; los seminarios diocesanos están al completo, las casas de formación de las congregaciones religiosas, tanto femeninas como masculinas, de igual manera reciben un sinnúmero de jóvenes deseosos de consagrarse al Señor. Cada año, incluso nacen nuevas congregaciones locales, y otras internacionales llegan al país para fundar nuevas comunidades. Nuestra congregación, los Misioneros Xaverianos, se está también beneficiando de este momento del Espíritu. Nuestra casa de formación en Bujumbura, cuenta con veintiún estudiantes de filosofía y ocho en el postulantado. Los aspirantes que son acompañados superan un centenar. Mirando lo que pasa en Burundi, nos podemos unir a la afirmación del papa Francisco que reconoce: África es el continente de la esperanza en la Iglesia (Kampala, 28 de noviembre de 2015).

Yo tengo la dicha de ser testigo de la llamada de tantos jóvenes generosos que quieren consagrarse al Señor; en esta ocasión quiero compartirles el trabajo de acompañamiento vocacional que hacemos en Burundi, las dificultades que encontramos y sobre todo la acción del Espíritu que llama y fortifica las vocaciones misioneras en Burundi.

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La tentación de medir la eficacia

Hace varios años, tuve la fortuna de dar un poco de apoyo en un magnífico retiro espiritual de un fin de semana, organizado por los jóvenes de la Pastoral Juvenil y un amigo sacerdote, en una parroquia de mi tierra natal. Participaban más de trescientos adolescentes que se preparaban a la Pascua. El equipo había trabajado arduamente organizando y preparando el evento, invirtió tiempo programando, realizando eventos para reunir fondos, ensayando cantos, escenificaciones, e invitando a la raza de sus colonias. Sin embargo, ya en la evaluación, algunos sentían una cierta frustración. ¿Vale la pena todo el esfuerzo para los aparentemente tan escasos resultados? ¿Podrían los muchachos participantes sentir en pocos días la presencia de Dios en sus vidas y convertirse de muchos de los malos hábitos? ¿Cómo medir el fruto de una actividad pastoral, si no se logra ver los resultados inmediatos de transformación en la vida de las personas destinatarias?

He encontrado esos cuestionamientos durante mi experiencia misionera en otras tierras, viviendo en carne propia o escuchando de las personas con las que colaboraba, la tentación de medir la eficacia del servicio por los frutos a corto plazo, los cuales pueden ser limitados. Muchas situaciones requieren compromisos de mayor duración, perseverancia y paciencia; y requieren ponernos en los zapatos de las personas a las que somos enviados.

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Un poco de harina y un poco de aceite

Porque así dice el Señor, la harina de la tinaja no escaseará ni el aceite de la vasija disminuirá (1Re 17,14). A raíz de la crisis económica que azota Venezuela y que ha llevado a la escasez de los artículos necesarios para la vida ordinaria, ha tocado incluso la vida litúrgica de la Iglesia. La crisis es tan grande que inclusive la harina con que se hacen las hostias se ha agotado, y algunos feligreses han tenido que realizar la comunión espiritual.

La situación es tan dura y difícil, que los párrocos han pedido a los feligreses que quien pueda lleve un poco de harina a las hermanas que hacen las hostias para tener el pan de la Eucaristía. Esta situación ha suscitado en el pueblo una conciencia de compartir no solo lo poco que se tiene, sino también compartir la Eucaristía literalmente, ya que se han visto en la necesidad en algunas ocasiones de fraccionar las hostias disponibles para que más personas puedan comulgar el cuerpo de Jesús.

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Ahora comienza la eternidad

Que sea por todos conocido y amado, nuestro Señor Jesucristo, es uno de los lemas de nosotros Xaverianos, el cual expresa muy bien la misión que tenemos de anunciar a Jesús para que todos lo lleguen a conocer y amar, y nuestro compromiso alegre de compartir la fe que hemos recibido con aquellos a los que aún no se les ha anunciado la buena nueva.

Esta misión la compartimos con muchas otras personas que han intentado llevar el mensaje de Jesús hasta los últimos confines de la tierra a lo largo de los siglos, como es el caso de la llegada del cristianismo a Corea.

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Un viaje al corazón

Si echamos una ojeada a lo que llevamos en el corazón, encontraremos gritos, susurros y entre ellos la voz del Creador. La llamada de Dios se manifiesta desde las pequeñas actitudes constructivas que tenemos ante las cosas de la vida diaria, por ejemplo, cuando nos encontramos en una reunión familiar o con amigos, nos acomedimos para que el ambiente sea más agradable, las cosas estén en su lugar y a punto. Estas actitudes y pensamientos traducidos en conductas, son signo de que hay una semilla de bondad, luz y fuerza en la persona, reflejo de Dios.

Esa presencia de Dios en un adolescente o un joven, es quizás una voz, un llamamiento para servirle como consagrado(a), en el sacerdocio o en la vida misionera. Hay algo maravilloso en el corazón de cada joven y se le debe ayudar a descubrirlo, pues es de gran valor para el mundo.

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La corona de la vida

Durante el tiempo de Cuaresma, no es raro escuchar a algunos quejarse del chamuco porque no los deja cumplir con los propósitos que han hecho para prepararse a vivir los días Santos.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta con respecto a las tentaciones es aquello que nos dice el apóstol Santiago que no podemos echar la culpa de la tentación a Dios, pues Dios no prueba a nadie (St 1,13), sino que las tentaciones vienen de nuestra concupiscencia, es decir, de nuestra naturaleza humana a no hacer siempre el bien.

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